martes, 25 de septiembre de 2012

El Atotolin y otras aves mágicas del México Antiguo

La cultura mexicana ofrece una gran riqueza, en especial en lo referente a los grandes pueblos indígenas de la antigüedad. En el tiempo de estos antiguos mexicanos, lo real y lo prodigioso se entreveraba en una experiencia de vida plena, capaz de colmar de sentido la existencia de los habitantes de aquel mundo. Los animales particulares de la fauna mexicana, que mencionaron los sabios indígenas a Fray Bernardino de Sahagún, en descripciones a medio camino entre el mito y la realidad, reflejan una vivencia cotidiana más profunda e imaginativa que las que podemos tener en la actualidad.



Atzitzicuílotl: vuelo y metamorfosis

Las atzitzicuílotl eran unas avecillas que habitaban en los parajes lacustres del México. Eran unas criaturas redondas con picos negros, largos y agudos. Se decía que llegaban desde las nubes de lluvia. Eventualmente se arrojaban desde el cielo en prodigiosa zambullida y no se les volvía a ver más, sino transformados en bancos de peces de colores que se perdían en la profundidad de las aguas.



Quatézcatl: el espejo del destino

El nombre de esta avecilla quiere decir “cabeza de espejo”. Tenía el tamaño de una paloma y el extraordinario añadido de un espejo en la cabeza. Uno podía ver su rostro en ese espejo rodeado de plumas pequeñas y coloridas. El resto de su plumaje era azul y blanco. Nadaban mucho en las lagunas de Anáhuac. Cuando se zambullían, los quatézcatl tomaban la forma de brasas resplandecientes que iluminaban las tinieblas del agua. Quien se contemplaba en el espejo de la cabeza del quatézcatl, podía ver su porvenir, en específico, si uno sería victorioso en la guerra o tomado preso por los pueblos enemigos.



Atotolin: el filo de la vida y la muerte

El atotolin o gallina de agua era considerado como el rey de todas las aves de las zonas lacustres del México Azteca. Tenía la cabeza grande, cuerpo largo y pico amarillo, la cola y las piernas cortas y fuertes. Para cazarla, los hombres tenían que perseguirla durante varios días. Si se cumplían cuatro días y no se le atrapaba, el atotolin miraba serenamente a sus perseguidores y comenzaba a dar grandes voces para llamar al viento. De inmediato se agitaban las aguas y hundía indefectiblemente las canoas de sus perseguidores, a quienes se les paralizaban los brazos y perecían ahogados. Quienes lograban cazar a un atotolin y le abrían la barriga con un punzón denominado minacachalli, podían encontrar, o bien una piedra preciosa y esto auguraba un destino feliz al quien la derribó, o bien un carbón y esto era un aviso de muerte segura para el cazador.