lunes, 24 de septiembre de 2012

El Logos y el Tao: Heráclito y Lao-Tsé

Heráclito y Lao-Tsé parecen compartir la intuición de que existe un factor indecible, capaz de orientar el sentido de de la realidad.


Es interesante realizar una aproximación reflexiva entre Heráclito y el filósofo chino Lao-Tsé. La valía de un ejercicio como el mencionado, estriba en que, la filosofía griega, adquiere una relevancia inédita al ser comparada con otros paradigmas culturales, en este caso, el de la China Antigua y la filosofía del Tao.

La realidad puede ser comprendida como un entramado discursivo, de tal modo que, sus posibilidades de extensión y la libertad para quien en ella habita, se enriquecen al hacerla crecer, acercando discursos que explican su propia presencia: uno, el del logos del oscuro filósofo de Éfeso, otro, el del Tao, del niño que nació anciano, de tan sabio, Lao-Tsé.

La armonía como logos

Lao-Tsé (siglo VI-V antes de Cristo), fue coetáneo de Confucio, y como sucede con todos los grandes personajes de la historia, su nacimiento estuvo sumido en la leyenda: se dice que su madre, una virgen, lo tuvo en su vientre durante ochenta años. Al final, Lao-Tsé, de acuerdo a ciertas leyendas, nació de la axila de su madre, mientras ella, estando bajo un ciruelo, recibió un rayo de sol en la boca. De ese modo nació Lao-Tsé, el niño anciano, con su faz colmada de arrugas y nívea barba, y quien, antes de pedir su primer alimento, se entretuvo reflexionando en silencio. Este sabio concibió el taoismo, una profunda filosofía de vida. Una de sus pautas fundamentales es el no-hacer, es decir, el wu-wei, lo que no se refiere a una pasividad estéril frente a la existencia, sino, más bien, a una incitación para no actuar en contra de la naturaleza: el tao es una defensa de lo espontáneo, un respeto por la dinámica inherente a las cosas del mundo. Quien sigue al Tao, se armoniza en el cauce en donde la existencia fluye libre, y se concilia con el Todo.



El enigma como Tao

Por lo que respecta a Heráclito- quien fuera nombrado como el Oscuro, por su críptico discurso, expresado en forma de aforismos-, fue oriundo de Éfeso. Su tentativa filosófica, se definió por abordar lúcida y tenazmente los misterios de la naturaleza, el ser humano, la divinidad y la sociedad. Y Heráclito procedió en ello, a través de breves reflexiones, muy similares a acertijos y enigmas, es decir, precisamente a la manera en la que se comunicaba la deidad en los oráculos, como el de Delfos. La filosofía de Heráclito proponía al logos como la expresión propia de la divinidad en el mundo, y su mejor símbolo era el fuego. El logos heracliteano es la palabra ígnea: el discurso variable y justificador de los eventos de la realidad. La “cuenta y razón” de todas las cosas que existen. Seguir al logos, de acuerdo al Oscuro, era desengañarse de las falaces apariencias de la cotidianidad: el tiempo, el devenir, la decadencia, y a la vez acercarse a la luz de la aletheia, es decir, la verdad como develamiento, como revelación. Poseer el logos (la razón) de las cosas, para Heráclito, era como saberlo todo, súbitamente, a través de una ígnea revelación interna.

Conciliación cósmica

Ambos pensadores, el griego Heráclito y el chino Lao-Tsé, eran filósofos solitarios, que buscaban estimular su trabajo intelectual aislándose de los acontecimientos de la vida cotidiana. En última instancia, como se ha comentado, ambos parecen compartir la intuición de que existe un factor inexpresable, o mejor dicho irrepresentable- aunque apto a la simbolización, ya sea como Tao/armonía o como Logos/fuego- capaz de orientar el sentido de los eventos de la realidad. Tanto para Heráclito, como para Lao-Tsé, ser sabio implica aprender a vivir con y por ese indecible elemento, expresarlo al máximo, y asumir el resto: un silencio eterno.