sábado, 29 de septiembre de 2012

Arquetipo: mito y paradigma

La noción de arquetipo fue acuñada por el neoplatonismo para comprender a las ideas en el sentido platónico, es decir, como paradigmas eternos de las cosas; tal y como sucede con los mitos, fuentes que dan cuenta, en este caso, de la realidad física. Metáforas de los elementos de la vida y de los sueños, los arquetipos han alimentando la cultura del ser humano desde hace mucho tiempo.



Los filósofos Plotino y Proclo concibieron una teoría orgánica referente a los arquetipos, con gran sabor a mito, en la cual, identificaban a la materia del intelecto divino con estos paradigmas: emanaciones del Dios-Uno.

A partir de esta idea, el arquetipo se aproxima mucho al sentido de lageometría y las matemáticas. La figura de un triangulo escrito sobre una pizarra alude a un diseño de perfección y objetividad; proclive a lo eterno y lo inmaterial, como los mitos. El triángulo como arquetipo de la divinidad, paradigma de lo humano en lo divino. Al elevar su pensamiento a la perfección geométrica, los seres humanos alcanzan cotas de divinidad. 

De esta manera, con este manejo de los arquetipos, Plotino introdujo importantes cambios a la filosofía de Platón, en especial en su enfoque de los mitos como arquetipos.


Primero, Plotino demostró que la teoría de las ideas platónicas podía ser interpretada más allá de un estereotipo filosófico, como una tentativa eminentemente religiosa. Justo como los mitos griegos intentaban aproximarse a los misterios de la naturaleza. De allí, poco después, se intentaría conciliar al cristianismo con la filosofía de Platón, en especial con la teoría de las ideas platónicas. Para San Agustín, por ejemplo, los arquetipos eran, más que mitos o paradigmas, el pensamiento mismo de Dios y las ideas platónicas, los modos ilimitados en los cuales Dios había pensado a la realidad.

Pero además, en su visión del arquetipo, Plotino trato de moderar la condena de Platón hacia el arte. Para Plotino, la pintura, por ejemplo, no intentaba efectuar una mímesis de las cosas, es decir, no se agotaba en representar el aspecto sensible del mundo, tal y como serían mitos falaces o bien paradigmas insuficientes y engañosos. Plotino consideraba que el arte tenía un gran valor de arquetipo, al otorgarle a las cosas, por medio de la belleza, un valor espiritual: un umbral para acceder al universo de las ideas preciosas y eternas del Dios-Uno.

A lo largo del Renacimiento, el filósofo Marsilio Ficino y su grupo de neoplatónicos prolongaron el pensamiento de Plotino hasta el grado de derivar de este una profunda transformación en la cultura y el arte de su tiempo. Como muestra, baste pensar en Sandro Botticelli, estereotipo predilecto de la belleza y el fino trazo. Botticelli en sus mejores obras, influenciado por las ideas de Ficino y los neoplatónicos florentinos, trato de expresar arquetipos conceptuales, es decir, abordar como si fueran mitos o paradigmas, profundos conceptos filosóficos. Eso explica el encanto del Botticelli que abordó los mitos griegos en trabajos maravillosos, abundantes en ambiguas figuras, ricas en sentidos diversos.


La pintura de Botticelli, El Nacimiento de Venus, por ejemplo, tiene muchas metáforas y representaciones de paradigmas, al presentarnos a uno de los mitos griegos más importantes por medio de arquetipos visuales. Venus emergiendo de la mar es un arquetipo perfecto del alma, naturaleza intermedia entre el cuerpo y el espíritu, pasión divinal y noble pudor.

Otro enfoque acerca de los arquetipos, como paradigmas del pensar humano la tenemos en las teorías de Carl Jung. El Tarot es un ejemplo de cómo los arquetipos, de acuerdo a Jung determinan el enfoque con el que las personas asumen su vida interior de cara a la realidad social.


Otro ejemplo cultural con gran sabor a mito y arquetipo es el cine de David Lynch. En su cinta Cabeza Borradora (1976) se nos presentan, en un prodigioso mosaico surrealista, figuras arquetípicas, comunicantes y abiertas a las más diferentes interpretaciones.