viernes, 3 de mayo de 2013

Cinco aproximaciones a Dante y su desamor



No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria

Dante Alighieri

¿Fue la juventud y belleza de la musa perdida, más que el aventurarse a conocer los misterios del Cielo, lo que motivó a Dante a realizar su prodigiosa travesía a través de las regiones ultraterrenas? Borges ya bien advirtió que, tras la gloria de su colosal odisea, se oculta la sombra de un doloroso fracaso: baste ver la reacción vacilante del poeta ante Paolo y Francesca, adúlteros condenados en el averno a constituirse en un solo ser, agitado por tempestuosos vientos para toda la eternidad. ¿Cómo no envidiar tan dulce tormento, si como Dante, imagináramos padecer tal perennidad al lado de nuestra Beatriz anhelada?



II

En la lozanía de la vida se sufre de cierta afición por el vértigo de lo mudable. Por eso, los jóvenes buscan siempre maneras diversas de asumir su condición de sujetos, explorando su “yo” hasta el límite. Sin embargo, hay una cierta luciferina rebeldía en tal deseo, si se observa con la mirada del amor verdadero. Por eso Dante no titubea al asignarle un tormento a Mirra, mitológico personaje que se disfrazó con el fin de seducir a su propio padre. Así entonces, quien se arriesga a la trasgresión absoluta en el amor, rebosa excesivos deseos de vida, algo sin lugar a dudas demasiado peligroso y tentador para escapar del cautiverio en la ultratumba infernal.

III

Contra la muerte, silencio imperturbable, no existe mejor antídoto que el carnavalesco y jubiloso bullicio de la edad núbil, en donde todo parece posible y lo más prohibido es una atrayente invitación. Por eso, cuando Dante y Virgilio se encuentran en las alturas de la montaña del Purgatorio, en la cornisa de la Lujuria, el himno de los espíritus condenados en llamas hace referencia a la joven ninfa Hélice, que incapaz de contener sus ímpetus silvestres, rompe el voto de castidad impuesto por Diana a su séquito y se arroja al placer de los brazos de Zeus, perdiendo así los favores de la deidad cazadora. Hélice recibe de Zeus, no obstante, la gracia de ser transformada en constelación y adornar así al firmamento inmenso. Su indómita pasión, ahora manifestada en luz estelar, acompaña hoy a los enamorados solitarios, quienes indecisos, suspiran su amor silencioso, ocultos en la soledad del bosque sagrado de Diana.

IV

Finalmente, Dante alcanza la cima de la montaña del Purgatorio. Allí, en un paraje selvático, colmado de cautivantes formas silvestres, Dante se encuentra en el Paraíso Terrenal. Incluso una enigmática damisela que habita el lugar, parece encantarle y hacerle olvidar por un momento a Beatriz, motor de su largo viaje; y además le motiva con sus sonrisas- en ese lugar henchido de simbolismo-, la oportunidad de sentirse un nuevo Adán con su hembra irresistible.

¿Será por eso que cuando por fin aparece Beatriz y cubre de reprimendas a Dante, éste acepta los reclamos con llanto dolorido y algunas frases breves de excusa? Quizá el haber emprendido la sublime travesía “en la mitad del camino de la vida”, es decir, en la plena juventud rebosante de deseos, saboteó al final el éxito de la misión heroica del artista florentino de recuperar a su casta Beatriz. ¿Otra vez perdido el Paraíso o el honesto reconocimiento de que su auténtica y única localización está en las regiones más ardientes del interior de los hombres?

V

En La “Vida Nueva”, Dante relata como al cruzar saludo con la adolescente Beatriz, mientras paseaba en Florencia, un relámpago de amoroso pudor lo invadió y huyó trémulo a refugiarse en su habitación y allí, en el silencio, comenzó a repetir el dulce nombre de la joven, a fin de capturar la esencia de su hermosura.
Y quizá el Dante de La Comedia, en las alturas del Paraíso Celeste, entre ángeles y santos coronados, al contemplar como su Beatriz lo abandonaba, para elevarse junto a las potestades celestiales y adorar al Creador, recordó con amargura ese encuentro breve y definitivo y se percató con el corazón desgarrado, que ni la peregrinación a través de mundos aterradores y etéreos, ni la purificación de todo su ser, fueron suficientes para conmover a esa mujer inalcanzable, misma de la que escribe Dante— y ya Borges destacó estos versos — “así tan lejana como parecía, me miró, se sonrió, y se volvió hasta la eterna fuente”.

Pobre Dante: tan sólo obtuvo una sonrisa ambigua, como aquella regalada en las calles florentinas: una sonrisa irónica, volátil y fugaz, tan engañosa como el centelleo de las frías estrellas.


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