miércoles, 26 de septiembre de 2012

El inframundo prehispánico mexicano

El inframundo de los antiguos mexicanos, Mictlan o Xibalbá, era, de acuerdo a las tradiciones azteca y maya, un sitio oscuro y de tortuoso acceso.



Mictlan “el lugar de los muertos” era la región a donde se creía que se dirigían los que habían fallecido de muerte natural. Los antiguos mexicanos imaginaban que estaba integrado por nueve pisos, todos ellos sumidos en una densa y permanente oscuridad. Se localizaba rumbo al Norte, al cual los aztecas denominaban como Mictlampa.



El inframundo del México Antiguo era gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Para arribar a Mictlan, el difunto debía de cruzar por un camino arriesgado en donde habían piedras que se impactaban entre sí, ocho regiones desérticas y ocho cerros, un acechante cocodrilo llamado Xochitonal, un lacerante viento de obsidianas y finalmente, un río de nueve corrientes, nombrado como el Chiconahuapan. Este último solo podía cruzarse con el auxilio de un perro que hubiera sido sacrificado e incinerado en el funeral de una persona.


Cara a cara con la muerte

Una vez que el fallecido llegaba a Mictlan, tenía que ser presentado ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl para entregarles obsequios. Los dioses del inframundo, a cambio, le señalaban el lugar que le correspondía en el Mictlan. De acuerdo a un mito prehispánico, Quetzalcoátl descendió al Mictlan para hacerse de los huesos de los fallecidos y con ellos elaborar una nueva humanidad.



Las rutas del Xibalbá

Los mayas por su parte creían que el inframundo era un sitio que se hallaba en el interior de la tierra y a ese se dirigían, por lo común, las almas de los difuntos. Y si bien existieron diversas tradiciones, todas coincidían que se trataba de un ámbito tenebroso e inaccesible. Su nombre era Xibalba, Metnal u Olontuc, en este último caso, de acuerdo a los indígenas tzotziles. Para llegar a Xibalbá se debía transitar por una complicada ruta, y también era indispensable la ayuda de un perro. Este animal, en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, recibía el nombre de Xibalbá, y se mencionaba que su hogar estaba en Carchá, un pueblo próximo a Cobá, en Guatemala.



Un recorrido tortuoso

El recorrido hacia el inframundo maya, abunda en riesgos: hay que bajar por unas escaleras muy inclinadas; cruzar a través de un río de vertiginosa corriente, la cual transita entre dos árboles de jícara llenos de espinas; otro río, pero ahora de podredumbre, uno más de sangre, y uno final, que corre entre dos ásperos barrancos. Luego, el difunto llega a un lugar en donde cruzan cuatro caminos de diferentes colores: amarillo, blanco, rojo y negro. Este último es el que lleva a Xibalbá.