jueves, 20 de septiembre de 2012

"Divina Comedia" Infierno canto II: enviado del cielo

Titubeante ante su viaje ultraterreno, Dante solo se convence, al saber por Virgilio, de la intercesión que han hecho por él, la Virgen, Lucía y Beatriz.



Ante la perspectiva de su viaje a las regiones de ultratumba, Dante vacila, puesto que no se considera lo suficientemente digno para emprender tan importante travesía. Justo así se lo hace saber a Virgilio, su guía. Entonces el poeta mantuano le explica que él ha sido enviado para brindarle apoyo gracias a Beatriz, el amor platónico de Dante, fallecida en plena juventud. Beatriz, gracias a la Virgen y a Lucía, pudo socorrer a Dante- en una simbolización de cómo el amor, constante femenina, siempre orienta el sentido de lo humano- y así, encomendar a Virgilio la peregrinación de Alighieri. Motivado por estas referencias, Dante finalmente se decide, y se dirigen al Infierno.

En este canto, el poeta florentino invoca a las Musas por primera vez en la Commedia. Lo hará también- así como en este inicio del Infierno- en el comienzo del Purgatorio y en el del Paraíso. Esto lo hizo Dante en su afán por vincular la tradición clásica con la cristiana. Además, también tiene que ver con el simbolismo de trascendencia que Alighieri identificaba en el número tres, número de la Santísima Trinidad.

La bendición femenina

Existe un factor permanente en la poética de Dante que se refiere al rol salvador de lo femenino. Las mujeres en las obras de Dante son fomentadoras de la purificación, el arrepentimiento y la sublimación del ser humano. Ellas- la Virgen, Lucía y Beatriz- son las que dan inicio al proceso de redención de Alighieri: alejado de la gracia, es reconducido a ella por el amor (Beatriz) y la poesía (Virgilio). Y aunque la hazaña del viaje depende siempre del libre albedrío y épico empuje de Dante, de hecho, el eterno femenino, característico de sus poemas, lo acompaña hasta el final de la travesía.

Beatriz: el motor del ser

Lucía, presencia celestial mencionada por Dante en este canto, fue una virgen y mártir de Siracusa que murió en el año 303. Era considerada como a abogada de la buena vista y un símbolo de la gracia iluminadora. Beatriz por su parte, tuvo un mayor significado en la vida de Dante. Su nombre completo fue Beatrice Portinari. Fue hija de Folco Portinari y estuvo casada con Simone de Bardi. Beatriz murió sin haber cumplido los veinticinco años. Ella fue motivo del máximo amor y veneración por parte de Alighieri durante su juventud.

Habiéndola celebrado emotivamente en la Vida Nueva, Dante inmortalizó a Beatriz en la monumental Commedia. No obstante, hay que puntualizar que en el fondo se trata de dos Beatrices diferentes: una, la Beatriz real, amor imposible del poeta florentino, y la otra- sublimación de esta primera-, es una idealización alegórica y celestial. Sin embargo, esta transformación no le resta a Beatriz su humanidad, su atractiva femineidad: en última instancia, lo que sucede es que en ella, el amor humano ha devenido amor divino, rebasando lo meramente sensorial, aunque sigan siendo su hermosa mirada y su delicada sonrisa, lo que motiven al poeta a transitar mundo tras mundo por alcanzarla.

Beatriz no volverá a aparecer en la Divina Comedia hasta el canto XXX del Purgatorio, en donde toma la estafeta de conducir a Dante en su viaje, ahora a través del Paraíso, ascendiendo de cielo en cielo hasta el Empíreo, y de esta manera, aproximarlo a la contemplación de Dios. Beatriz, presencia subyacente y permanente en la Commedia, evoca el motor del ser desde la vivencia del existir: solo la razón (Virgilio) alumbrada por la fe (Beatriz), dan cuenta de la plena experiencia de lo real desde la perspectiva humana.