martes, 27 de marzo de 2012

John Henry Fuseli: "La pesadilla"

Obra maestra del horror gótico, esta pintura de John Henry Fuseli nos invita a explorar y reconocer las tenebrosas simas de lo humano.



A pesar de que no hubo una filosofía del romanticismo, en el estricto sentido del término, las bases de este estilo, en lo que se refiere a la pintura, partieron de un novedoso paradigma de lo humano y del mundo. Este planteamiento se gestó en las ideas de importantes intelectuales alemanes del siglo XVIII: Kant, Fichte, Schelling, Novalis y en poetas ingleses.

Realidades complementarias

Por ejemplo, Kant sostenía que era imposible mantener una idea de belleza universal, puesto que el juicio estético era esencialmente subjetivo y por ello, cada persona tenía su ideal de belleza. Fichte, por su parte, pensaba que, en el fondo, “todo es yo”, y de esta manera, la realidad carecía de vida y le correspondía al ser humano animar este espacio. En cambio, Schelling reconocía un mundo exterior material, y opuesto al mundo interior de lo humano, totalmente subjetivo. El primero de estos mundos debía estudiarse por medio de las ciencias, y el segundo, a través de las artes. Finalmente, Novalis recomendaba la contemplación de la realidad natural, puesto que el yo y el mundo eran partes de una plena totalidad.

Lo sublime y lo terrible

Y mientras algunos, como Winckelmann, fomentaban volver a la antigüedad clásica como fuente de inspiración para alcanzar la belleza, el británico Edmund Burke, en un libro célebre, propuso una alternativa por completo diferente y sugestiva. El libro llevaba como título: “Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello”. En este estudio, Burke contraponía lo sublime, a la belleza, como una novedosa categoría estética, ya que, desde su perspectiva, las ideas trágicas y dolorosas se mostraban más potentes que las derivadas del placer.

De tal modo que, lo terrible, lo sobrecogedor, tenía una mayor efectividad expresiva, y era el crisol de lo sublime. Burke estableció en este libro los fundamentos de una creación estética basada en las posibilidades asociativas de las imágenes, y no tanto en sus características formales.
recisamente esto coincidía con una tendencia del arte en la segunda mitad del siglo XVIII, orientada a la representación de lo sublime, es decir, aquello, capaz de motivar el terror y una vivencia de elevación interior, y sobre todo, mostrando una patente oposición a los cánones de la belleza- ese hieratismo pacífico- manejados por el arte neoclásico. Por lo tanto, Burke había señalado una senda creativa, anticlásica y radical, que no tardaron en explorar artistas como el español Goya y el suizo John Henry Fuseli (1741-1825).

Explorador de sombras

Fuseli se aventuró, a través de sus creaciones, en el interior del ser humano, tratando de comprender su aspecto irracional. Notable resulta su tentativa, realizada en un siglo caracterizado por un culto a la razón. El arte de Fuseli se distinguió por un tratamiento formal sui generis, aunque con cierta influencia de Miguel Ángel y los artistas del manierismo. Los temas de sus pinturas exhibían un universo de fantasías, alucinaciones, sueños y pasiones desbordadas. El polo oscuro y siniestro de la mente humana. Motivos inspiradores de Fuseli fueron los mitos escandinavos y los griegos, y autores como Milton, Shakespeare, Dante y Homero, todos ellos cultivadores de lo sublime- de acuerdo a lo planteado por Burke- y cuyas obras Fuseli ilustró con paisajes grandiosos o tenebrosos, héroes y criaturas fantásticas y amenazantes.

El pacto siniestro

Una de las obras maestras de Fuseli es el cuadro La pesadilla (1782), de la cual existen cuatro versiones. En esta pintura se muestra a una mujer acostada e inerme sobre un lecho, mientras, sobre su vientre, yace sentado un engendro. Junto a ellos y desde las sombras surge la cabeza de un caballo con los ojos en blanco. La imagen, poderosamente surreal, exhibe un intenso simbolismo erótico en un ambiente terrorífico y onírico.
El extraño ser que perturba el sueño de la mujer se ha identificado, tradicionalmente, como un íncubo, ser demoniaco que se manifiesta en los sueños eróticos. El caballo fantasmagórico alude a cierto simbolismo de los equinos como conductores de almas al reino de los muertos. La joven del cuadro, por su parte, podría tratarse de Anna Landolt, dama por la que Fuseli tenía una ardorosa pasión. La pesadilla esencia las preocupaciones temáticas más propias de este artista suizo: la soledad, el horror, el satanismo y lo desconocido.

Como detalle final, cabe mencionar que el título alemán del cuadro es Nachtmahr, es decir, el nombre del caballo de Mefistófeles, de acuerdo a la tradición teutona.

Vale la pena observar entonces, que la clave de la obra es el caballo y su pavorosa contemplación. Además, la trayectoria de las miradas de los personajes, parte del caballo al demonio y de este, directamente al espectador, como si- en alusión a Mefistófeles y a Fausto, su referencia directa- estableciera un siniestro pacto con los espectadores, cual si los invitara a reconocer, en esa mujer entregada a sus sueños, la simbolización de un secreto mundo de instintos, deseos y tabúes por transgredir.

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