jueves, 29 de marzo de 2012

Atena: la sabiduría de ser

La educación más profunda, la significativa, no es solo la escolar. Por supuesto, esta última es importante, puesto que disciplina al intelecto y lo habitúa a un medio de permanente intercambio de ideas. Pero, no obstante, los grados académicos y los títulos, no garantizan la realización espiritual de las nuevas generaciones. Aprender en el sentido convencional, tiene más de aprehender, de violentar, que de captar armónicamente la esencia de lo estudiado: escuchar la voz/verdad profunda de la naturaleza y sus misterios. La diosa Atena, es quien que nos brindará una pauta, en esta reflexión, para esbozar una pedagogía más valiosa- más sensible- para la vida cotidiana.


Su figura destaca del ominoso fondo de las divinidades griegas, como la luz de la luna en los tenebrosos abismos de la nada sideral. Sin embargo, la luna es Selene, intensa propiciadora del instinto sexual, y por lo tanto, se encuentra más cercana a Afrodita, el amor. Por su parte, Atena se vivencia más, en la mirada infinita de tinieblas del firmamento, cual si fuese el ojo de una lechuza sempiterna, horadando la conciencia del ser, para dejarle espacio a su sueño más caro, la finita existencia.

A excepción de Hera, la tierra, no existía diosa de tanta importancia para los griegos como lo fue Atena. Los orígenes de su culto se pierden en la niebla de los tiempos antiguos. Se le consideraba la patrona de las ciudades y los pueblos, la conciencia racional de los dirigentes. Su apariencia es un tanto ambigua, con cierto talante varonil, que no disminuye su femenino encanto y no demerita su augusta imagen, sino muy al contrario, le gana nobleza y soberanía.

Porque Atena, amén de amparar a los artistas y a los artesanos, era una deidad combativa y guerrera. Suya era la protección de los hogares, el cuidado de las aguas, el don de hacer justicia. Casta, pura y transparente, Atena era un numen respetado y venerado de acuerdo a su relación con los valores de la civilidad y la defensa de las sociedades. Desde esta perspectiva, es interesante como se contrapone al temible Ares, el dios de la guerra. Ambas deidades representan las dos caras de una misma moneda: Ares es la violencia combativa, el espíritu marcial de toda contienda; Atena por su parte, es la estrategia militar, la táctica inteligente que toma ciudades.

De acuerdo a la tradición mitológica, Atena nació de la siguiente manera: el gran Zeus, el dios del rayo, el más poderoso, se prendo de la titánida Metis, a tal grado, que la siguió por doquier, con el afán de su pasión. Sin embargo, con el fin de escapar de los ardores de Zeus, mientras emprendía su huida, Metis se transformaba en las más variadas criaturas. Finalmente, Zeus pudo capturarla y unirse a ella. Con el paso del tiempo, Metis dio a luz a una niña. El oráculo había advertido previamente a Zeus, que la criatura nacida, justo después de esta niña, sería un varón, capaz de arrebatarle el trono del Olimpo. Por lo consiguiente, para evitar este riesgo, Zeus procedió con rotundidad y aprovechando que Metis dormía, tomo a la niña y la devoró por completo. Sin embargo, no mucho después, intensos dolores de cabeza atormentaron al temperamental dios. Desesperado por este mal, se acercó al lago Tritonio y sumergió allí la cabeza. Entonces, para curarle de una vez, Hefesto, dios del fuego y la fragua, tomo medidas drásticas y le partió en dos el cráneo a Zeus, con su hacha. En ese instante, surgió de su herida la luminosa Atena.



Diversas invenciones son las que se le deben a Atena, deidad industriosa y fomentadora de belleza, espiritualidad, trabajo y educación. Por ejemplo, son suyos, el yugo, la flauta, la navegación por barco, el arado, el clarín de guerra, las matemáticas, el telar, y varios utensilios más. Numerosos seres divinos y osados semidioses, intentaron desposar a la hermosa Atena, sin embargo, despechó a todos ellos, para preservar su inmaculada esencia. Siempre resguardó ese valor, aun en contra de cualquier presión. Como cuando evadió dignamente las ansias de Hefesto.

Así también, la diosa destaca por su talante magnánimo: es famosa la anécdota con respecto a Tiresias, el adivino, que, al descubrir en una ocasión a Atena, tomando un baño en una fuente, ella le colocó las manos en el rostro. Como consecuencia de ello, Tiresias perdió la vista, pero obtuvo el valioso don de la profecía. Pero, como todos los seres primordiales, a veces mostraba un temperamento fuerte y vengativo. De allí que, en otro célebre relato mitológico, al ser retada por la princesa lidia Aracne, considerada inigualable en el arte del tejido, Atena molesta, le transformó en una araña, condenándole así, a hilar telarañas para toda la eternidad.

Desde un punto de vista ético, lo que destaca de la imagen de Atena es su voluntad de pureza. No es fácil en nuestros días conceptualizar hasta qué punto es relevante perdurar en el ser propio, defendiéndolo de cualquier tipo de influencia, por parte de otras personas o instituciones. Es sencillo de percibir, que la castidad de Atena, apunta a algo más que una simple característica física, e incluso moral. Pensar en la inmaculada condición de esta diosa, es permitirnos la oportunidad de presentir que hay ciertos elementos de la realidad que se ubican fuera de ella, y que la fundamentan. Por supuesto, toda metafísica resulta contradictoria: una negación a la forma habitual en que percibimos el mundo y a nosotros en él. Pero, precisamente, ese es el valor máximo de Atena, esa trasgresión ilimitada al devenir causal de la mundanidad. Y subrayamos “valor”, porque resulta que, es a la ética, donde desemboca el mensaje de la noble diosa, protectora de la inteligencia y de las artes. Actuar racionalmente en la vida, sin importar lo apremiante o angustioso de las circunstancias, es parte de lo que esta deidad puede enseñarnos. Es una decisión eminentemente moral, una elección valorativa. No hay fundamento alguno para ello: supera toda lógica o cualquier otra justificación similar.

La pureza de Atena alude a un espacio precioso, hermético y perenne, que no es de este mundo, pero que inspira a todas las formas de lo existente. Nada puede decirse de tal ámbito, al igual que no se puede, no se debe, mirar a la diosa en su intimidad: solo cabe aludir ese lugar irreductible, percibirlo con los sentidos del alma y comunicar su experiencia con discursos propios del augurio, como Tiresias; o también del arte, de la ciencia, o de la dominación material de la naturaleza, en aras de un bienestar común. 



Si Atena pudo darle nombre a la ciudad de la filosofía, es decir, Atenas, la cuna de la cultura occidental, y por lo tanto, de todos sus ideales; con mayor razón, bien puede constituirse como un motivo de inspiración para nuestro ser personal, a fin de orientarlo de acuerdo a aquellos valores que cimentan todas las demás facetas de nuestra individualidad, de cara a lo social.

Un ejemplo patente de la influencia de Atena en la cultura, la tenemos en su simbolización posterior, que acaso inconscientemente realizó Miguel de Cervantes, en su más famosa obra. En ella, es famosa la veneración que Don Quijote guardaba hacia su dama de pensamientos, la princesa Dulcinea del Toboso, aun cuando las demás personas le negaran todos los atributos que el caballero de la triste figura, veía en ella- incluso sin haberla nunca contemplado-, con la sola fuerza de su corazón. 

De igual manera, las composiciones pictóricas del holandés Piet Mondrian, desarrollan un acercamiento a la pureza de las formas geométricas, a la belleza de su simplicidad, y a la transparente perfección de su simple estar. Así, de esa misma manera, es la esencia de Atena: el triunfo de la racionalidad, producto de una toma de conciencia de las sombras, acerca de su propia luz. 

Por lo tanto, no cabe el escepticismo en la búsqueda de una conducta ética sólida y armada de templanza. Hay razones irreductibles por las que vale la pena actuar razonablemente, con nobleza y piedad, tolerancia y comprensión. No porque algo nos encause a ello, o nos predetermine a proceder de cierta manera; sino porque existen formas de realidad, intuibles principalmente, que nos movilizan a tratar de alcanzarlas, aun cuando eso supere toda lógica o viabilidad fáctica de lograrlo.

Uno de los símbolos más famosos de Atena es la lechuza, animal insomne, grave y meditabundo. Estas características aluden a las cualidades de lucidez, profundidad, y perspicacia que ostenta esa diosa admirable y que debemos emular en todo momento. 

Pero además, vale la pena quedarnos con lo siguiente: la lechuza de Atena es un ave capaz de volar, y desplazarse libremente, explorando las tinieblas, gestando al mundo con la pura fuerza de su luz interior.