martes, 13 de marzo de 2012

Giorgio De Chirico: "La estatua silenciosa"

En su enigmática pintura, "La estatua silenciosa", Giorgio De Chirico expone una profunda lectura acerca del ser, sus misterios y sus reveladores silencios.


En el año 1913, Giorgio De Chirico (1884-1978) pintó seis obras dedicadas a la estatua de Ariadna. La más interesante de estas obras es la que lleva por título, La estatua silenciosa (Ariadna). El artista italiano conocía la famosa estatua helenista por las reproducciones de ella que se conservan Florencia y el Vaticano. Ariadna, en la pintura comentada, aparece inmersa en un agitado sueño, tal vez colmado de pesadillas. Cabe recordar que de acuerdo a los mitos griegos, Ariadna, mientras dormía, fue abandonada por su esposo, el héroe Teseo.

Poesía, mito y pintura

De Chirico ha colocado a la estatua de Ariadna, en el espacio de esta obra, en una perspectiva diagonal. En ninguna otra de sus composiciones se ha acercado tanto al protagonista del cuadro. De Chirico ponderó tanto en ese detalle, que hasta la figura aparece recortada. La faz de la estatua silenciosa, marcada por sus sueños, se perfila como el motivo principal de la composición. En un texto dedicado a esta pintura, redactado por el propio Giorgio De Chirico y titulado “El deseo de la estatua”, el artista italiano comenta: “Ama su extraña alma. Conquista. El Sol se mantiene en alto, en medio del cielo. Y, con una dicha suprema, la estatua sumerge el alma en la contemplación de su sombra”.

Un ambiente onírico

La estatua de Ariadna aparece en una plaza vacía, justo enfrente de una edificación con siniestras arcadas y una extraña torre con banderas ondeantes. En el texto mencionado, De Chirico agrega: “La arcada romana es el destino. Su voz habla en enigmas, colmados de una extraña poesía romana”. En lo más profundo del espacio representado en La estatua silenciosa se muestra un mar negro y ominoso. De Chirico dota a sus objetos de un singular volumen, cuya rara proyección los torna equívocos y casi imperceptibles.

El secreto triunfo de la soñadora solitaria

Para pensar la intención críptica de Giorgio De Chirico en La estatua silenciosa, cabe evocar de nueva cuenta a la Ariadna mitológica. Ella ayudó por amor a Teseo a escapar del Laberinto de Creta. Le proporcionó el cordel dorado con el cual el héroe salió de la trampa gigantesca, tras haber vencido al Minotauro. Sin embargo, por una aciaga ironía, es factible imaginar que Ariadna quedó presa de su propio dédalo, al verse extraviada en la nostalgia, en su abandono infinito. En esta obra, tal vez De Chirico busco expresar la amarga vivencia de Ariadna, exteriorizando su laberinto interior. El deseo de la estatua silenciosa es escapar de su propia esencia, consumiéndose, dichosa, en las sombras de su propia soledad.

La sombría arcada- figuración de la nada- que se abre ante la estatua silenciosa, es su máxima conquista: una poesía de enigmas, un mar negro, una torre vacía, un instante sin tiempo, una presencia soñando su desolada eternidad.


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