sábado, 24 de marzo de 2012

El espacio escultórico de la UNAM

Es factible realizar una reflexión del Centro del Espacio Escultórico de la UNAM, en la Ciudad de México, desde un punto de vista post humanista. En este magno espacio, la arquitectura se puede interpretar como poesía, discurso instaurador, crisol de realidades existenciales.


Por lo consiguiente, todo en el Espacio Escultórico de la UNAM apunta a una noción integradora: el manejo de los espacios, el discurso de los volúmenes, la armonización holística de lo humanizado y lo silvestre, la riqueza mítica y ritualizante- prehispánica inspiración- que flota sobre la intención de la obra y, finalmente, la fuerte carga histórico social que dio lugar en su momento a la elaboración de este monumental complejo escultórico.

El Centro del Espacio Escultórico exhibe una propuesta de arte conceptual inspirada en el pensamiento mítico. En lo que sigue, comentaremos una perspectiva para comprender esta obra, auténtico referente en la historia del arte contemporáneo mexicano.

Vanguardia y tradición

El Centro del Espacio Escultórico de la UNAM consiste en una escultura circular de 120 metros de diámetro, estructurado por 64 módulos. En el centro de este colosal anillo queda encerrado un imponente mar de lava. Integrándose a la obra, en su perímetro se extendería un silvestre jardín. Los autores de este trabajo erigido en 1978-1980, Federico Silva, Manuel Felguérez, Helen Escobedo, Mathias Goeritz y Sebastián, trataron de conjuntar la vanguardia escultórica de su tiempo con el pensamiento de las culturas indígenas mesoamericanas. Un referente nos da cierta pauta para entender- hasta cierto punto- la intención estética de estos creativos: el cercano centro ceremonial prehispánico de Cuicuilco.



La serpiente del tiempo

Cuicuilco fue un importante santuario religioso para los antiguos mexicanos. Cuicuilco en náhuatl quiere decir “lugar de rezos”, o bien “lugar de arcoíris”. De hecho, Cuicuilco es uno de los derivados de las civilizaciones más antiguas en esta parte de Mesoamérica. Este fascinante lugar se distingue por su enorme pirámide circular. Esta última forma simbolizaba para los indígenas nahuas, como para muchas otras culturas, lo infinito, lo eterno, lo continuo. El tiempo como ciclos en perpetuo acontecer. Los antiguos mexicanos participaban activamente en la continuidad del mundo a través de su fervor religioso, y sobre todo, por medio de ciertas prácticas sociales ligadas a este pensamiento.

El juego del ser en el ser del juego

En el Centro del Espacio Escultórico se rescata esta intuición prehispánica relacionada con la importancia del ser humano como colaborador del cosmos. El Centro del Espacio Escultórico fomenta una cierta experiencia ritual, puesto que el espectador trasciende su mero papel de contemplador, al participar, recorriendo la obra monumental, en la construcción de la realidad como tiempo. El Centro del Espacio Escultórico es el círculo del tiempo, círculo de tiempos: circulares temporalidades cobrando forma en cada vivencial perspectiva. Esta es una manera de revivir el júbilo creativo de participación del universo en sus dinámicas.


Tal es la valía de lo humano y al mismo tiempo su propio trascender. En el Centro del Espacio Escultórico de la UNAM- que alude igualmente al corazón de un laberinto, referido por las enigmáticas cifras del Paseo de las Esculturas que conduce hasta allí- la experiencia primordial de lo lúdico como ser, deriva en una revelación de lo sagrado. El mar de lava es el mensaje final del silente dios del tiempo: áspero/ primordial discurso que puede serlo todo y nada, dejando en claro que los límites de lo real, por lo menos, perfilan lo más valioso: la humana vivencia de quien ha llegado hasta tales fronteras.


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