miércoles, 14 de marzo de 2012

La sabiduría está en el pasado

Sabio es quien alumbra las tinieblas del tiempo pasado. Lo que ha acontecido es críptico y hasta cierto punto, inasible. Si se intenta capturarlo, lo poco que logremos será a costa de la vida misma. De la misma manera, lo que hayamos captado, al contemplarlo, se nos presentará, únicamente como instante de vida.


Da igual que lo perdido en el tiempo pretérito haya sucedido hace un segundo o hace un milenio. Aquel estremecimiento de gozo, aquel momento de éxtasis se vuelve resonancia de un momento a otro: eco que se difumina inexorable y débil en el vacío de la memoria. A pesar de ello, esos instantes se atesoran con ansiedad: es que el existir en su conjunto, no es más que una propagación de esos momentos de inmediatez, de vida pura e indescriptible.

Ecos de olvido

Como ondas producidas por una gota de lluvia en un estanque, desvaneciéndose sin remedio, la vivencia plena se va perdiendo en lamentos, recuerdos, ensoñaciones y melancolías. No obstante, en el progresivo desaparecer de estas resonancias existenciales, se derivan vivencias subordinadas: sueños, deseos y fantasías. El resultado de ello es una retícula de apariencias y expresiones que cubre un núcleo de inmediatez vital, mismo que nunca se puede recuperar del todo.

Hilo revelador

Quien se afane en ir más allá de esta retícula para recobrar ese instante inefable, se sumerge tarde o temprano en la marea de lo irrepresentable. Se pierde mucho en esta tentativa, puesto que en cierto modo, sólo tenemos lo que el instante presente, lo que se vive en el momento, nos arroja. Por eso, hay quien corta de tajo con el pasado y se deja llevar por las figuras y colores de la vida instantánea, el hoy y el ahora. Sin embargo, al cabo de poco, se descubre que tal intensidad deviene momentos, experiencias fragmentarias, esquirlas de un pasado invencible y voraz.

Sabiduría trágica

Al final, la materialidad del presente, la contundencia del mundo actual, no es más que abstracción disimulada, trama que se estructura, que nos cautiva, antes de reconocer su inminencia. Lo más revelador de todo es que el hilo que nos serviría para escapar del laberinto, no es más que el cabo de la red que nos apresa, y la única sonrisa de Ariadna que nos queda, es la toma de conciencia de percatarse- como recuerdo-, de que siempre se supo así.