viernes, 13 de junio de 2014

André Masson: la espontaneidad reveladora

Si bien el nombre de André Masson (1896-1987) refiere directamente al movimiento del surrealismo, las creaciones de este artista francés abarcan temas de mitología - El laberinto (El ovillo de Ariadna) (1938)- perspectivas paisajísticas cercanas al cubismo- El convento de los capuchinos de Céret (1919) y composiciones de abstracción lírica - En el bosque (1944)-.


Masson comenzó sus estudios de arte a los once años de edad en Bruselas, Bélgica. Sin embargo, su formación se vio interrumpida abruptamente con la Primera Guerra Mundial, ya que, en 1916, estando en el frente de batalla, resultó gravemente herido. Fue hasta tres años después que Masson retomó la creación plástica. Sus obras de este tiempo exhiben paisajes boscosos, expuestos desde una visión del espacio y la forma, casi cubista.



No obstante, fueron las pinturas posteriores de Masson, las que le ganaron un lugar indiscutible en la historia del arte. Tras conocer a André Breton, Masson se integró de lleno al programa creativo de los surrealistas y para 1925, obra suya se hallaba incluida en la primera gran exposición de pintura surrealista, en la Galería Pierre de París.



De acuerdo a la tentativa del surrealismo de exhibir la dinámica de la mente profunda, se comprende de inmediato por qué las obras de Masson han llegado a ser tan valoradas. Este pintor manejó un conjunto de técnicas automatizadas, para acceder a niveles profundos de realidad, primordiales y reveladores.



Por ejemplo, en algunas creaciones, Masson se valió del recurso de verter pegamento sobre el lienzo y después cubrir esta superficie con arena. Las formas que surgían de esta operación provocaban figuraciones y semejanzas que trabajaba luego Masson para crear sus oníricas composiciones.



Si bien Masson hizo intentos por alejarse paulatinamente del surrealismo, hasta el final de su carrera siempre fundamentó sus composiciones en el gesto espontáneo, capaz de revelar los secretos de la realidad vivencial.