viernes, 7 de septiembre de 2012

Los cirenaicos

De entre los socráticos menores sobresalen los cirenaicos, quienes consideraban al placer momentáneo y corporal como el máximo bien.


Los cirenaicos fueron un grupo de socráticos menores, adeptos a las enseñanzas de Aristipo de Cirene. Esta última es una ciudad de Libia, de la cual tomaron el nombre para su escuela. Tras la muerte de Aristipo, ocurrida en el 355 a.C., los líderes de la escuela cirenaica fueron su hija Areté y el vástago de ésta, Aristipo el Joven. Precisamente este último es reconocido como el autor de la doctrina de los cireanicos, la cual se fundamenta en las enseñanzas de Aristipo.

El placer como meta

De acuerdo a los cirenaicos, la filosofía no se relaciona- al igual que lo consideró Sócrates (de quien Aristipo había sido seguidor)- con la física o las matemáticas, sino, más bien, con el buen vivir, identificando la finalidad de la existencia en obtener placer. De entre todos los posibles, el sumo placer para los cirenaicos es el corporal, el momentáneo, comprendido como un movimiento dulce o débil, en contraste con la violenta contundencia del dolor, y distinto al placer de los epicúreos, el cual se orienta más hacia lo estático y lo catártico.

Según la perspectiva cirenaica, el placer sensible se encuentra unido, en el campo del conocimiento, a la certeza sensible relacionada con las impresiones, emociones y sensaciones. Esto último es lo único que puede ser objeto de juicio por parte de los seres humanos y no, en cambio, las cosas externas. En esta doctrina se hace patente cierta influencia del fenomismo heraclitaneo, la cual fue manejada previamente por Protágoras y algunos otros sofistas del siglo V a.C.

Polémicos pensadores

Algunos de los miembros más destacados de la escuela cirenaica- misma que estuvo en actividad por lo menos hasta el siglo III a.C.- fueron: Antipatro, Aristóteles Cirenaico, Parebato, Aníceris, quien sobresalió por la sutileza de sus enseñanzas morales; Hegesias, quien fue conocido como “el abogado de la muerte” y escribió el polémico tratado “Sobre el suicidio mediante el ayuno”, y por último, Teodoro el Ateo, celebre en los tiempos antiguos porque, además de haber negado la existencia de los dioses, también lo hizo con respecto a valores tradicionales como la amistad y el amor a la patria. Para este filósofo, la única y verdadera patria es el mundo entero. Esta tesis la compartieron las escuelas cínica y estoica, e incluso Aristipo se consideraba como un extranjero en todas partes. Teodoro el Sabio escandalizó en la antigüedad, también, por considerar lícito el robo, el adulterio y cometer sacrilegios, ya que ninguna de estas acciones es condenable por naturaleza.