domingo, 8 de junio de 2014

La lección de Orfeo

La cultura es la mejor posibilidad que tenemos de encontrar soluciones en tiempos sombríos, es decir, en instantes histórico-sociales en los que parece que las alternativas para superar las más complicadas circunstancias se han agotado y ya no hay escapatoria posible, más que resignarse a la perdición. De hecho, siempre hay una posibilidad y en cada ocasión nosotros, nuestro entendimiento activo, es la clave.



Un arte heredado

Orfeo fue una figura muy destacada en los relatos y discursos mitológicos de la antigüedad. Fue vástago de Apolo y de la musa Calíope. Orfeo, se erigió como un maestro en el arte de tocar la lira. La excelsitud de su arte desbordaba los límites de lo meramente artístico, para simbolizar lo mejor de la ciencia y de la humana cultura.

Esta cualidad de su expresión espiritual se puede comprender mejor si leemos con atención las particularidades de su ascendencia: Apolo es el dios de la luz y de la racionalidad, de la individuación y de la apariencia, pero como lo vio muy bien el filósofo italiano Giorgio Colli, también es el dios astuto de los oráculos, el que no se comunicaba sino con enigmas, con capciosos mensajes expresados por el delirante discurso de las sibilas. Apolo es el numen flechador por excelencia, el que hiere de lejos; suya es la incierta tensión, la dolorosa armonía entre el arco y la lira.

La armonía de los contrarios 

Y si por un lado Orfeo manifiesta la misma divina capacidad musical de su padre, es decir, posee su arte toda la fuerza de la razón apolínea: develadora e imperiosa, como la luz del sol; también es menester referir que su madre, la hermosa y admirable musa Calíope, es la patrona de la poesía épica y de la elocuencia.

¿Cómo se concilian las diferentes facultades de sus padres en Apolo?, ¿cuál es el mensaje que esta conjunción nos brinda para ser capaces de afrontar cualquier tiempo de crisis? 

La siguiente podría ser una respuesta adecuada para estas interrogantes: en el arte de Orfeo- es decir, el símbolo por antonomasia de la cultura humana- tenemos, más que un concilio entre la razón luminosa de Apolo, y la elocuencia poética de Calíope, una re-conciliación entre la racionalidad más lúcida y desencantada (Apolo), con el sentido poético, religante y místico (Calíope) que la motivó.
La magia de la razón auroral

La música de Orfeo es esa intuición tan griega del mundo, que nos permite verlo todo, en cada oportunidad, como si fuese la primera vez, colmándonos de asombro, maravilla y admiración. El intelecto, fascinado ante la perspectiva de un ambiente inusitado y fértil, por su propia cuenta se afana en esa oportunidad de efectuar los más variados desarrollos creativos y actividades vitales.

Por eso, ante las dificultades, la solución que la cultura nos proporciona- permanentemente-, es la posibilidad de pensarlas, como si fuesen siempre, la ocasión de un jubiloso hacer primero del mundo.


La figura de Orfeo ha sido abordada en repetidas ocasiones como un ejemplo de los límites del arte y del entendimiento humano. El filósofo Maurice Blanchot, por ejemplo, lo ha visto así. Pero pronto comprenderemos que Orfeo, no tiene por qué ser siempre, pensado como un símbolo de la insuficiencia: es factible una perspectiva diferente de él, como mediador entre la trascendencia y la finitud de los hombres.

La música del alma

En una hermosa pintura del artista barroco Roelandt Savery, titulada precisamente “Orfeo” tenemos, además de una preciosa muestra del estilo de la “escuela de oro” de la pintura holandesa, una vía para comprender la real valía del arte de esta figura mitológica, y su relevancia inagotable para todos los asuntos de la reflexión y la creatividad.

En esta obra se puede contemplar al divino músico instalado en el paraje de un bosque frondoso; cerca de allí se aprecia un río, y además, una multitud de exóticos animales que se congregan en ese sitio, atraídos por la música del violín que toca Orfeo. Con pinceladas suaves pero bien definidas, en una dulce atmósfera manierista, Savery supo captar el arte singular de Orfeo, plasmando su esencia en un instante precioso y definitivo.

La cultura como mediadora

Si observamos con detenimiento la obra de Savery, el paisaje luminoso y dinámico del río parece dejar caer el cielo mismo hasta la parte sombría y boscosa en donde se encuentra recostado Orfeo mientras lleva a cabo el ejercicio de su arte. Parecería que Orfeo logra con su inspiración vincular el cielo (la trascendencia) y la tierra (lo humano). Los animales serían advocaciones de la otredad convocados por Orfeo.

La cultura bien puede ser, de esa manera, un elemento mediador entre todo lo que nos supera, lo que nos rebasa, es decir, el enigma de mundo en su inmensidad, y la manifestación finita de los humanos, la expresión de sus límites vitales. 

Orfeo es un símbolo admirable y elocuente, de que la trascendencia sí es posible para el mundo fáctico, si se le piensa como la tentativa misma por alcanzarla. Cuentan los relatos mitológicos que, cuando Orfeo hacía tañer su lira, todos los hombres se convocaban junto a él para escucharlo y hallar sosiego para su alma. La verdad es que los dioses, sin confesarlo, eran quienes descendían al mundo para disfrutar del arte, y se asomaban para ello, desde el corazón de lo humano.