sábado, 14 de junio de 2014

Contra la misología

Los tiempos actuales son complicados y demandantes. Los esfuerzos por comprender las diversas problemáticas de nuestro entorno globalizado, parecen infructuosos e insuficientes. Y sin embargo, renunciar a mejorar las condiciones de la existencia, atentaría en contra de la voluntad de ser que nos es inherente. Muy por el contrario, hay que pugnar por seguir adelante, y la educación es una vía privilegiada de superación, aún en las circunstancias más inciertas.



La llamada de la sinrazón

El pesimismo puede llegar a ser toda una sabiduría, como lo demostraron Schopenhauer o Cioran; sin embargo, sin la meditación adecuada, puede llegar a consumir hasta un grado nocivo, las fuerzas instauradoras de lo humano. Una consecuencia de lo anterior puede ser la llamada misología, es decir, el odio a la razón. 

Recordemos cierto pasaje del diálogo platónico Fedón, en donde el filósofo Sócrates, como portavoz literario de Platón, comenta acerca de que, cuando una persona nos desilusiona, por el hecho de haber faltado a la confianza depositada en ella, nos produce un aciago desconocimiento. Si esta situación se repite varias veces, producirá ese estado de conciencia denominado misantropía, tal es, el odio a lo humano.

De igual manera ocurre con la confianza puesta en la capacidad razonadora de los hombres. Si no se utilizan de manera adecuada las facultades de la razón, se puede desembocar en situaciones del existir nada provechosas, mismas que, a la postre, generarán un rechazo pronunciado en contra de todo lo racional.

El imperativo de la educación

Hoy en día, muchas de las acciones de los protagonistas financieros que alteran y determinan los derroteros de las naciones y de aquellos portavoces apocalípticos de ciertos medios, que anuncian negros y exagerados porvenires- sin fundamento suficiente y que a nada bueno conducen- tienen mucho que ver con una misología evidente, producto de la ignorancia, de una falta de reflexión, y del temor a fracasar de nuevo, por confiar sus intereses a las instituciones vigentes.

Pero, en contra de esto, vale la pena evocar la figura del filósofo Kant. Este último, si bien reconocía que muchos desconfiados de la razón llegan a envidiar aquellos seres que se dejan conducir en sus acciones, por una visceralidad simple y rotunda; a la larga, esto no es favorable para una comunidad beneficiosa entre las personas. 

Para Kant, la educación, el cultivo de la razón debe entenderse como una “facultad práctica”, que favorezca la construcción de una moralidad conveniente para las sociedades, por medio de una regulación de la voluntad de ser, instintiva y libre de los hombres.

Educarse es una manera de darle un voto de confianza a la razón, de abrirle senderos de solución a todos los problemas, para llegar a muchos destinos, y más favorables. Lo importante es seguir la marcha, y pensar.