miércoles, 11 de junio de 2014

La educación nace del asombro

Siguiendo una larga tradición, cultivada por los más importantes pensadores, Bertrand Russell desarrolló una expresiva reflexión en torno a la motivación del saber. De acuerdo a las reflexiones de Russell, vertidas en su libro “Los problemas de la filosofía”, el amor a la sabiduría, de los seres humanos, parte por una necesidad por escapar de la cárcel de los prejuicios y las creencias sin fundamento. La vida contemplativa es propuesta por el filósofo inglés, para trascender una existencia instintiva, limitada y constreñidora. Esa misma alternativa de pensar- y de vivir-, puede ser adaptada para una perspectiva de la educación, destacando su aspecto problematizador, capaz de fomentar la imaginación y la creatividad.



Tal y como la filosofía, el valor profundo de la educación puede ser identificado en su capacidad de motivar incertidumbre.

El valor de la incertidumbre

El conocimiento es una forma de acercarse a la realidad con el fin de delimitarla y aprovechar sus posibilidades de modificación para el fomento de la vida. Pero a fin de que no se detenga en eso, la experiencia de lo humano, es preciso aventurarse en lo desconocido y especular sobre sus ilimitadas posibilidades.

El hombre sin educación se desenvuelve en un mundo conformado por prejuicios y creencias, sofocado por una visión utilitarista de la existencia. La educación es una vía ideal para escapar de esa prisión de sombras y abrirse a la inmensidad del universo.

La educación y su crisol de felicidad

Ante la incertidumbre y la duda, provocadas en lo que se nos presentaba como inalterable, lo común y corriente, brota limpio y libre el deseo por aprender. Y así como Russell pondera la capacidad de la filosofía para sugerir plurales opciones de pensamiento, que amplían la inteligencia y nos hacen escapar de la dictadura de la costumbre, así igual, la educación nos obsequia una visión dinámica de esas mismas alternativas de pensar.

La educación es complementaria a esa apertura de mundo que nos proporciona el asombro, al hacernos patente que las cosas no tienen que ser obligatoriamente como las comprendemos, sino que es posible interpretarlas- conocerlas- de innumerables maneras. Educar puede ser también contemplar con admiración, asombro, respeto y curiosidad inagotable, la majestuosidad de los objetos del cosmos.

Sólo en la educación podremos ser capaces de evadir la pobre existencia de quien vive presa de sus instintos y sus intereses mezquinos. La vida de quien aprende y enseña es serena, libre y orientada a la felicidad.