domingo, 15 de junio de 2014

Educación y sabiduría indígena-prehispánica

Nada es tan provechoso para los sistemas educativos contemporáneos, que dimensionar sus propios alcances y una vía eficaz para conseguir este propósito, es comparar su propuesta formativa con la que animó a las de culturas distantes en el tiempo y en el espacio. Veamos hasta qué punto esta perspectiva tiene razón al contrastarla con la sabiduría popular de la cultura azteca del México antiguo.


Vamos a comentar algunos sencillos acertijos que servían para la formación de los niños aztecas. La sensibilidad de la que adolecen algunos de los programas de estudio actuales, se puede percibir en estas esencias de sabiduría de vida.

Los textos son extractos de lo rescatado, por el protector del mundo indígena Fray Bernardino de Sahagún.

“¿Qué es cantarillo de palo que conoce la región de los muertos? Es el cántaro para extraer el agua”.

Una acción tan cotidiana y simple como la de sacar agua del pozo ostenta un simbolismo profundo en donde el agua, fundamento de la vida es un obsequio de la dimensión de la muerte. La inmanencia sobrenatural torna trascendente lo terrenal por medio de una ofrenda, que tiene los visos de un pequeño sacrificio.
Cabe recordar que los mesoamericanos nahuas se nombraban a sí mismos como los macehuales, es decir, los merecedores. La noción de sacrificio era fundamental para la educación y la cosmovisión azteca.

“¿Qué es aquello que apunta al cielo con las manos? Es el maguey que alza sus espinas”

Para los educandos aztecas, tal y como para sus ancestros toltecas, la existencia era una experiencia en donde el dolor, sacrificio y el júbilo de vivir en contacto con la divinidad se conciliaba de manera permanente.

Las espinas del maguey podían ser un sinónimo de calvario y sacrificio ritual, pero al mismo tiempo esa planta era donde se extraía la bebida espirituosa conocida como pulque, que tomaban los sacerdotes para entrar en contacto con la alegría de los dioses. Tanto la alegría como la tristeza formaban parte de la gran ofrenda prehispánica que era la vida misma, orientada a sus múltiples deidades.

“¿Qué es redondo y sobre las piedras está cantando? Es la olla donde se cuece el maíz”.

El dios Quetzalcóatl, según cuenta una leyenda, se transformó en hormiga y fue a la región de los muertos para robar el maíz y obsequiárselo a los hombres. Los aztecas encontraban motivo de recuerdo y recreación permanente de esta ofrenda divina, hasta en los sucesos más sencillos y bellos de la rutina diaria, como la olla y sus silbidos al cocer el maíz, cual si fuese un himno de agradecimiento fervoroso por su existir.