jueves, 12 de junio de 2014

Lo contemporáneo: contradicción y desocultamiento

En retrospectiva, el siglo XX se distinguió de los anteriores por ser sumamente paradójico: la consigna que lo define es la contradicción. Dos pautas caracterizaron sus derroteros: dominar lo real y transformarlo, lo cual implica un elevado riesgo de destrucción. Habitar el siglo XX- y ahora el XXI- tiene que ver con distanciarse de lo tradicional y al mismo tiempo recuperarlo, hacer de la ciencia, tecnología, conseguir notables logros en el arte y el pensamiento, pero también, presenciar como el ser humano ha dejado de ser capaz de hallar el sentido de su existencia.


Por Aline Chapa Cano / adaptación: Ademir

Pero, ese mismo vacío, ha posibilitado numerosas alternativas para el despliegue del hombre. Transitar ilimitadamente, comprenderlo todo. Se trata de aspiraciones que han dejado de ser desmedidas para devenir perfectamente plausibles. El hombre se proyecta en el ente como nunca antes y con ello, deja de re-conocerse como humano. Este impulso frenético del progreso ha arrasado con ciertas experiencias definidoras de lo humano.

La era de la técnica

El filósofo alemán Martin Heidegger, en “La Época de la Imagen del Mundo”, comenta que se puede comprender la esencia de una era, desde la verdad del ser predominante, es decir, lo que fundamenta los fenómenos de cierto tiempo, se encuentra condicionado por una cierta interpretación de lo ente. Pero entonces, ¿cuál es la concepción que actualmente rige? La respuesta es: la técnica mecanizada. Esta última consiste en la objetivación que los humanos realizan de su entorno, determinándolo anticipadamente, y colocando al entre ante sí, para que el sujeto obtenga una certeza acerca de él y de esta manera, garantice su dominio sobre todo lo ente.


El ser humano, desde que se asumió como tal, se ha abocado a determinar la naturaleza. Y para conseguirlo se ha valido de la desocultación, esto quiere decir, llevar algo a la presencia, develarlo. En este sentido, se comprende mejor la célebre máxima “por sus obras los conoceréis” y es que la obra particular del hombre es la praxis, justo en donde se hace más manifiesto este afán de desocultamiento.

Dicotomía definidora

Pero además, existen diferentes niveles de desocultamiento: en lo contemporáneo, esto refiere a la representación, objetivación, dominio y control. Se preserva la dicotomía metafísica del sujeto-objeto, aparecida desde la Ilustración. En un principio, esta dicotomía se perfilaba como liberadora, garantizando el control material de la realidad para que el sujeto se consolidara perfectamente autónomo, con relación al objeto. La libertad se comprendía como distanciamiento. La naturaleza-objeto se brindaba pata ser utilizada, transformada y aprovechada al máximo. Al final no es solo el ente lo que resulta transformado con ello, sino también la esencia misma de lo humano. Y es que ser humano implica poner en juego el ser completo en cada ocasión. La mencionada dicotomía entre sujeto-objeto se relaciona con esa fragmentación: es una provocación del ente y un olvido del ser.


Escape infinito

Por lo anterior, tal vez no sea desacertado considerar al siglo XX como esencialmente moderno, por su progresiva fragmentación. ¿A qué vale crear algo nuevo, si todo se encuentra ya determinado? El afán desocultante del hombre, al enajenarse ha arribado a su postrera consecuencia: la reproducción. Esta última trae consigo una pérdida de sentido primordial y originario; una homogeneización total de lo ente y de los hombres. Lo contemporáneo es el ámbito de los hombres-masa, en donde hasta la vida- y no los vivientes- es objeto de reproducción. Parecería que los seres humanos, ante su inherente finitud, no les queda sino tratar de huir, retraerse, esconderse en la masa para evadir la apropiación de su ser y así escapar de la angustia y el desocultamiento de sí mismos.


Revelación intempestiva

Fue Nietzsche el causante de la primera desgarradura de la ilusión sujeto-objeto. Luego de este pensador alemán se ha difuminado la fe en el sujeto, por el hecho de que el “yo” que condiciona todas las representaciones de una persona, quedó evidenciado como una noción arbitraria, una máscara tras del la cual se oculta una pura voluntad de poder. Luego de Nietzsche ha dejado de haber un arriba y un abajo; han dejado de tener sentido los conceptos fijos y los elementos metafísicos anquilosados y anquilosantes donde justificarse. Lo único plausible es la transvaloración de todos los valores. Gracias a Nietzsche y luego a Heidegger, la contradicción y el desocultamiento pueden ser comprendidos como estrategias para alcanzar una experiencia más pura de la vida y del ser, sin la intermediación de lo racional.


El pensar y el ser

Para Heidegger el camino de la percepción- no la sensorial sino la existencial- es el pensar, el cual no está definido por la razón. El cometido del ser es llegar al “Ente”, mismo que se localiza entre el ser ahí (el hombre) y los entes. El pensar implica un acercamiento holístico a la realidad, es una condición de posibilidad para asumir la condición trágica de lo humano: la conciencia de su finitud. Al parecer, solo el hombre carece y está separado, pero al mismo tiempo no lo está. Ese mencionado olvido del ser es lo que le permite habitar un mundo previamente interpretado en donde el tiempo no es más que una secuencia ciega de minutos y segundos. Pero cuando acontece la desgarradura del sujeto, la temporalidad- y no más el tiempo- se manifiesta como el horizonte en donde se despliega el ser de lo humano: la experiencia de sus particulares límites. Así, el hombre es tiempo y transformación, capaz de afrontar el enajenamiento de su esencia.


Y justo en ello se manifiesta lo sagrado, ese vislumbre de la carencia propia cual si se descubriera el trasfondo del universo en un solo instante. Y lo que se hace patente en ello es el otro. Lo sagrado no nos vincula con una unidad primordial, ya que la unidad no se encuentra al final del camino, sino al principio. En contraparte, un sujeto desgarrado puede comunicarse con la desgarradura del otro y, de esta manera, se recupera a sí mismo así como también, en cierto sentido, a la humanidad entera.


Horizonte: abismo o puente

El peligro de lo contemporáneo, más allá de la contradicción y el desocultamiento, es que el hombre quede desgarrado- por la muerte y el horror- y no sea capaz de re-conocerse en tal escisión ontológica, misma que le es inherente. Olvidar la finitud propia es el primer paso de la deshumanización total. Y la reproducción que caracteriza a lo contemporáneo, es el máximo riesgo de ello: hoy en día las cosas pierden su “aura” de sacralidad y la “poiesis” deviene poco a poco en producción mecanizada. No hay que olvidar que originariamente, “póiesis” (crear) es igual a “aletheia” (verdad/ desocultar) y, a su vez, a “praxis” (actuar).