jueves, 15 de mayo de 2014

El sueño de Raskolnikov: acerca de "Crimen y castigo" de Dostoyevsky

La trágica epopeya del intelectual homicida Raskolnikov, narrada por Fedor Dostoyevsky en su novela “Crimen y castigo” de 1866, bien podría asumir- en una cierta perspectiva hermenéutica, como veremos aquí-, las formas de una lúcida metáfora acerca de Occidente mismo, de sus delirios, de su miseria y de sus anhelos de redención histórica. 



El horizonte del ultrahombre 

De acuerdo a la trama de Dostoyevsky, Rodion Raskolnikov es un joven estudiante de derecho abrumado de pobreza, en una ciudad rusa, sórdida y gris. Raskolnikov ha elaborado en una meditación enfermiza, acaso motivada por el hambre y el aislamiento, una singular teoría acerca de la supremacía de ciertos hombres, como Napoleón, por ejemplo, que han de someter y aniquilar a los más débiles, por razones morales, y para posibilitar la supervivencia de una raza pura y plena de vigor histórico. Es por eso que el estudiante asesina a una anciana usurera y a su hermana enferma mental; lo hace el joven, para poner a prueba la certidumbre de sus elucubraciones febriles. 

El sueño de Raskolnikov 

Sin embargo, el castigo de Raskolnikov comienza mucho antes del desenlace fáctico de su acción transgresora: el joven Rodión sufre durante uno de sus múltiples vagabundeos por entre los sucios callejones de Moscú, un sueño desgarrador acerca de un paseo que llevó a cabo de niño con su padre y de cómo presenciaron ambos, delante de una taberna, la tortura y el brutal sacrificio de un débil caballo por obra de unos borrachos. El niño Raskolnikov parece sufrir en carne propia las vejaciones y la agonía lenta del animal, e incluso aún, desoyendo las llamadas de su padre, logra abrazarse al cuello del caballo agonizante para limpiar la sangre del animal, con sus propias lágrimas. Luego de este sueño, la vida de Raskolnikov parece encaminarse hacia un anhelo de redención imperiosa. 

La esperanza y Sonia 

A lo largo de su atribulada ruta de remordimientos posterior, Raskolnikov conoce a Sonia, una joven prostituta que ha de sacrificarse en tan penosa labor, con el único propósito de salvar del hambre a su familia. Rodion mira en ese sacrificio- similar a la decisión de su hermana menor de contraer nupcias con un hombre ruin y sádico, para rescatarle a él mismo y a su propia madre del abandono-; un ejemplo de pureza y martirio noble, que le hacen derrumbar por completo el conjunto de sus anteriores perspectivas, y lo postran de hinojos ante Sonia, en la soledad de una habitación sombría. En el amor platónico hacia aquella joven, el criminal Rodion buscará encontrar una esperanza de salir de su morada de tinieblas, hacia una luz de paz para la conciencia. Su crimen acaso no quede impune. 

Occidente, su crimen y su redención 

Dostoyevsky, enorme, ha logrado conjuntar en esta historia, anticipaciones de los derroteros que seguirá Europa a lo largo del posterior siglo, y acaso hasta nuestra propia actualidad, en un personaje como Raskolnikov, que guarda en sí mucho de Nietzsche y cierta de fuerza de Marx, junto a un talante profundo de tipo freudiano. Todo ello (nos) describe perfectamente, en el fracaso de los ideales metafísicos de Rodion, la caída misma de los costosos meta-relatos que justificaban nuestro propios ímpetus históricos. 

Hoy, en tiempos desencantados, de virtualidades y aperturas obligadas, nos podemos preguntar si, tal vez, como el joven criminal arrepentido, no podemos tener la luz- guía de una inocente Sonia, quizá en el arte o en el diálogo ilimitado, que nos permita, si bien no olvidar los errores cometidos, acaso interpretarlos para siempre, plural y diversamente, en un recordatorio de humanidad y piedad que nos haga acceder a umbrales de ser, que ya no miren tanto hacia lo terrenal y si, más hacia lo trascendente: hacia horizontes y firmamentos del alma que acaso sólo el cielo pueda simbolizar mejor que nada.