viernes, 16 de mayo de 2014

William Shakespeare, palabras y silencio

El gran Bardo de Avon, William Shakespeare, es uno de los maestros más valiosos que podemos llegar a tener. Quien quiera conocer la estrecha franja en la que se determina la libertad de ser de los hombres, entre simas y cimas, no tiene sino que acudir a sus inspiradas composiciones que siempre deleitan, conmueven, aleccionan, y se quedan en el alma. 



Entre Otelo y Yago 

 Shakespeare es tan grande, que supo entrever las pasiones que generan determinados impulsos. Es decir, no sólo describió genialmente la consecuencia en acciones de ciertas necesidades del interior de los humanos, sino que además, supo relacionar deseos nuevos generados a partir de esas demandas del alma. Otelo es un cautivo de su ardoroso deseo por Desdémona, los celos le agobian, le constriñen el ser. Yago parece ser el instigador de este tormentoso suplicio. Pero desde cierta perspectiva, las acciones de Yago, no son más que la responsa a la tempestuosa marea de pasiones que su alrededor se desencadena. Otelo y Yago se implican y se conjugan en nuevas posibilidades de relacionarse con los demás. 

Como Michel Foucault, Shakespeare tuvo la perspicacia de intuir al mundo, como un remolino de anhelos encontrados, ardorosas microfísicas del deseo que se entrelazan sin freno, entramando el destino de los hombres. 

 Falstaff, el más sabio 

Pero si Otelo se define sujetando su ser en otros; su antípoda es aquel a quien no le es preciso asirse a nada para poder existir: estar fuera de todo para pensarlo todo mejor y actuar en consecuencia. Tal es el caso del pícaro Falstaff. Se ha pensado que no hay personaje de Shakespeare que sea tan brillante, tan lúcido, tan sabio. Ante el destino veleidoso, Falstaff no se opone heroica o trágicamente, sino que se deja llevar por él con una irónica sapiencia. Es un malicioso conocedor del mundo y de sus cuitas, su experiencia es la del viento, que lo toca todo sin aferrarse a nada, pero siempre haciéndose sentir. 

 Hamlet, el gran inquisidor

Pero no todos podemos aspirar a tanto, por eso, a pesar de lo anterior, Hamlet es superior a Falstaff. El príncipe filósofo contempla el rigor azaroso del destino y se inmiscuye en sus capciosos derroteros. Pero si bien es muy humano en este sentido, se trasciende a sí, en su permanente cuestionamiento de todo. Cioran expresó alguna vez su anhelo por tener un pensamiento que fragmentara al mundo entero. Hamlet no requirió para obtenerlo, más que entregarse a su investigación suicida de la realidad. Ese fue el triunfo de Hamlet ante el destino, aún siendo víctima de su furiosa marcha: el de abrir una fisura en el ser con sus inquisiciones, una grieta en donde el destino se ha extraviado, como palabras susurradas a un cráneo hueco, hasta diluirse en el vacío, como el delirio furioso de un idiota que nunca existió.