jueves, 15 de mayo de 2014

El arte de Yves Tanguy

En sus creaciones asombrosas, el sentido común se hace adicto al vértigo de un extravío pertinaz. El pintor surrealista Yves Tanguy (1900-1955) fue un corresponsal del fin de los tiempos, del colapso de todas las realidades posibles. En los siguientes párrafos trataremos de comprender como nos hacía llegar, este visionario inigualable, sus postales del ser y sus agonías, en entropías fascinantes y coloridas. 



Divisibilidad indefinida 

Tanguy, artista francés, siguió la tendencia de muchos de los creativos geniales de sus días: se adscribió al surrealismo, y buscó en su obra, ilustrar los misteriosos mundos- del mundo nuestro- visto desde dentro, a través del subconsciente, con una su voz-pintura de onirismos desatados y anegantes, canto de sirena extática de pulsiones, fantasías, y tiempos sin tiempo. 

Hijo de un capitán de navío, en cada uno de sus trabajos pareciera emular los muchos paisajes externos, que su padre sin duda vislumbro, en la superficie de los océanos, pero que Tanguy, pintor, lo hizo como un buzo, explorador de sí mismo, indagando en la divisibilidad indefinida de su propia esencia, sorprendiéndose fascinado, ante cada nuevo vislumbre de maravillas, en el corazón de silencios de su personal ser profundo. 

Y luego, cual Hermes redivivo, traer con su arte esos mensajes hasta nosotros, los confinados al fuera-del-ser, para compartirnos ese vehemente sentido de irrealidad fecundadora de universos, en cada oportunidad. 

 El palacio de los espejos vacíos 

Tanguy, en algún momento de su fecunda y rica vida, conoció a la pintora Kay Sage. La afinidad de sus creaciones era tanta, que se sintieron hermanados espiritualmente, y quisieron consolidar ese nexo a través del matrimonio. 

De tal suerte que, ambos se transformaron en una suerte de Hades y Proserpina; o de Mictlantecuhtli y Mictlancihualtl: los señores del mundo de los muertos, guardianes y preservadores de un ámbito de recuerdos y quimeras, de todas las posibilidades imaginables de ser. Sage construyendo arquitecturas postcataclismicas pobladas de suspiros al viento, y Tanguy primordiales dimensiones de vida, germinando infinitos palacios de espejos, en los que nadie se contempla. 

Ambos artistas son como un recordatorio de lo mucho que hay de sagrado y místico, en lo que es impronunciable, dándole voz a lo que permanece, fundamentando al mundo humano en un mutismo perenne pero elocuente a la vez. Las obras de Sage y de Tanguy tal vez no dicen nada, pero expresan todo lo que se puede expresar. 

Conclusión e inicio

Vale la pena volver, cada que sea posible, a la contemplación cuidadosa de las pinturas de Yves Tanguy. Porque en ellas es posible advertir, que en el arte podemos ver lo eterno sin participar en ello, en un sitial privilegiado. Podemos identificar que, hasta en una equívoca silueta orgánica, tendida en un desierto marino agonizante, se esconde una semilla de vida, que así bien, en el propio colapso de la realidad, tiene la fuerza de mirar de frente al sol moribundo y expresar su ser, en un segundo glorioso. La vida misma, la nuestra propia, bien podría ser tal en perspectiva, sólo eso, y nada más.