sábado, 17 de mayo de 2014

Franz Kafka, sabiduría del absurdo

Franz Kafka es una de las voces definitivas para comprender el siglo XX; sus profundas intuiciones acerca de la condición menesterosa de sentido propio de los hombres, y en contraste, su agobiante carga de significados impuestos por el sistema, lo transforman en un gran portavoz de la angustia existencial de la humanidad. Kafka, con su alter ego K, de la novela “El Proceso”, trató de expresar esa responsabilidad lastrante del hombre con respecto al ser. Estamos siempre como K, y como Platón alguna vez comentó con respecto al enigma, arrojados a un laberinto, a un ámbito enredado de sentidos, asfixiado en referentes ajenos, que nos sentimos obligados a intentar esclarecer con la ruta de nuestro existir. 



Pero he aquí que la interpretación que hacemos de la caótica realidad, por medio de nuestra subjetivación, nunca es suficiente ni satisfactoria, y por lo tanto los guardianes de lo instituido nos lo demandan, sin explicación alguna, y nos condenan: nadie puede darnos razón de nuestro propio existir, y no podemos escapar al absurdo que nos aguarda al final de cada tentativa por comprenderlo Todo. 

Joseph K: aquel que inquiere sobre su propia perdición 

Pero Kafka fue más allá, y con el personaje del agrimensor Joseph K, de su magnífico relato “El Castillo”, retrata a la razón humana en sus afanes por hallar un sentido particular de su circunstancia ante lo que la trasciende. Y así, los extravíos de Joseph K en ese enorme Castillo, cuya ominosa mole se aleja cada vez que intenta acercársele y que en su interior no guarda sino un infierno de sistemas burocráticos demenciales, bien parece simbolizar la relación tortuosa y desgarradora del hombre ante Dios o su ausencia incolmable. Además, en el fracaso sentimental del protagonista con la joven Frieda, dentro de la trama, acaso Kafka expresa su percepción acerca del amor como una extensión de ese absurdo inextinguible, indispensable del ser, y además un reflejo literario de sus propias vivencias personales. 

Gregorio Samsa: aquel que por diverso se pierde en ello 

Finalmente, ante las imposiciones del sistema, de lo real objetivo sobre seres esencialmente subjetivos, no queda sino intentar, como lo hace Joseph K, enfrentar a ese ser amenazante y constreñidor que nos obliga a ser de una manera determinada, y transformar nuestro propio interior, aún si fuese en la más humilde de las criaturas, un escarabajo torpe y doliente, a fin de manifestar nuestro desacuerdo metafísico con lo establecido. 

Pero he aquí que esta estrategia sólo se concreta, al costo de la incomunicación con el resto de las personas, y por consiguiente, un aislamiento para con nuestros seres más queridos. Y por lo tanto, si el agrimensor Joseph K fracasó al intentar comprender el exterior del ser, Samsa lo hará al querer hacer lo mismo con su interioridad. No hay salida pues, sólo la esperanza de una absoluta- y siempre postrera- piedad.