sábado, 24 de mayo de 2014

Pedagogía de lo monstruoso

Es indudable que se ha tratado de rescatar en múltiples estudios y aproximaciones teóricas, el valor estético de los aspectos culturales que resultan conmovedores, aterradores, e incluso repulsivos; baste pensar simplemente en los planteamientos acerca de lo sublime del filósofo Kant; el análisis de lo siniestro desarrollado por Freud, o las consideraciones acerca de la perspectiva de la “Nueva Carne”, expresada en el cine por David Cronenberg. Inspirado en estas manifestaciones reflexivas, deseamos bocetar aquí un acercamiento a la visión de lo grotesco en la cultura, pero ponderando su posible valor educativo; esto es, destacando ciertas características pedagógicas que solo podemos hallar en este tipo de expresividad.


La tentación de existir

Parafraseando el título de uno de los mejores libros de Emile Cioran, podríamos comprender de una manera diferente a la habitual, el sentido de una obra pictórica poderosa y demoledora: “La tentación de San Antonio”, de Matthias Grunewald, es la tentación de existir que todos tenemos. La vida bien puede ser solo la lucha por alcanzar un ideal acerca de ella que nunca se concreta: el afán por llegar al crisol de cualquier arcoíris.

El santo se ve torturado no por lo que desearía, por lo que le falta, sino por lo que solo puede alcanzar, el limitado alcance de sus esfuerzos de ser. Las criaturas zoomórficas que lo acosan, se exhiben ante el mártir como el reflejo de su particular conjunto de definiciones: su delimitación propia. Sin embargo, cada uno de esos seres excedidos, de natura desbordada, son su propia esencia, fuera de contención.

La tentación del hombre Antonio, es la de reconocer la sonrisa de complicidad de su rostro, al contemplar las posibilidades de su realidad, más allá de cualquier tipo de restricción: la reconciliación personal con el ominoso silencio más allá de todo lenguaje.



Educarse es de-formarse

La educación desde cierta perspectiva, no es más que la tentativa por llegar más allá de las posibilidades del ser humano, manifestadas por Matthias Grunewald en este oleo admirable. Educarse es de-formarse, esto es, superar los límites que el pragmatismo de nuestro entorno cotidiano nos asigna como vía para relacionarnos con todo lo que no forma parte de nosotros.

Los conocimientos impartidos en el salón de clases son la versión en teorías y sistemas, de las bestias demoniacas que acosan al espíritu en la obra de Grunewald, pero no para dominarlo, sino para hacerle saber que el universo es uno solo y los opuestos más radicales, en lo profundo están hermanados por una misma voluntad de realidad que supera todo freno. Aprender es aprehenderse, en todo, como sea.

El monstruo es el mejor maestro que puede existir. Porque la figura convencional-es decir, institucional- del maestro encausa a los educandos a un modelo de ser particular, un ideal formativo que congrega a su alrededor un cierto estado de ser, una estructuración político-metafísica (si se entiende lo real como una forma de acuerdo comunicativo) que cimenta su perduración en ese moldeamiento que se efectúa en la conciencia de las nuevas generaciones. El monstruo, en contraparte, expresa todo lo que no le está permitido ser, o desarrollar a partir de su esencia a los alumnos. ¿Es posible recuperar desde cierta didáctica inédita, todo este caudal de experiencias vitales? Ahondemos en ello, tras una posible respuesta.



La suma de todos los miedos

Más que la suma de todos los temores, el monstruo simboliza la acumulación de todos los deseos del ser humano, liberados a su propia manifestación; la horrible faz del engendro, es el clamor del mundo que, por ciertas estrategias del sistema, no se aborda en las lecciones impartidas en las aulas.

Toda criatura repugnante que puebla algunas de las creaciones culturales más reconocidas de la historia del pensamiento, es una cifra de lo marginal, la voz secreta del mundo, que siempre se expresa, pero que nunca escuchamos, porque lo que verdaderamente es- lo que más allá del bien y del mal es- no nos sirve para nada, y el mundo sin mascara no es un ámbito que se pueda afrontar sencillamente, más allá del tenue velo de pragmatismo cotidiano que nos mantiene con vida.

Explorando los bordes del ser

En este sentido, vale la pena recordar la siniestra figura de los Cenobitas y su líder Pinhead, una serie de personajes del subgénero del cine y la literatura Gore (terror sangriento) creados por el artista inglés Clive Barker.

Pinhead, un ser que tiene la cabeza permanentemente cubierta de clavos, encabeza a un grupo de místicos que a través de ciertas mortificaciones corporales, y autoflagelaciones intensas, se han transformado en criaturas demoniacas allende lo humano. De acuerdo a su credo, se autodefinen como lúdicos exploradores de los límites del ser, más allá de todo placer o dolor.



Los límites de la educación, los límites del mundo

Estas figuras literarias pueden ayudar a hacer más claro el papel de la educación: todo proceso de enseñanza y aprendizaje lleva consigo un proceso dual, en donde se propicia la formación en los educandos de una visión particular del mundo, pero en donde, al mismo tiempo se fomenta, implícitamente, la facultad de los jóvenes para comprender- más que solo aprender- que fuera de esta perspectiva, la realidad se extiende en diversas formas en un potencial infinito.

Educarse, atreverse a explorar esa vastedad es, en definitiva, aventurarse a ser un tanto monstruoso, es decir, libre e ilimitado.

Así como Platón buscaba en su mundo de las ideas- puras, bellas e imperecederas- un fundamento para las cosas terrenales; el pintor Francis Bacon por su parte, intenta un acercamiento similar a aquellos aspectos del ser que no se modifican, más allá de cualquier posible contingencia.

Francis Bacon: la agonía de la esencia

Pero a diferencia del filósofo griego, que ilustra su realidad esencial con todas las cualidades posibles: todo luz y ornato etéreo; Bacon por su parte, al otro extremo de la modernidad, se decanta por el lado tenebroso del ser: la existencia consciente de su propia carnalidad. Tomemos por ejemplo el caso de su obra Triptych (1976): en este estudio podemos apreciar la huella de un devenir interior, vuelto al mundo.

Se observa el rostro de una persona, en tres diferentes instantes que parecen abstraerse del tiempo físico, para contemplarse cual si fuese el tiempo del alma. Fluidos, licuaciones, deformidades y protuberancias, son el lenguaje platonizante de Bacon: el suyo es un mundo heracliteano en donde una vitalidad efervescente es la piedra de toque del ser entero, percibido como la lúcida agonía de lo esencial: el existir humano.



Educar en las sombras

Puede, por lo tanto, establecerse desde la perspectiva de la pedagogía de lo monstruoso una estrategia de enseñanza abocada a la grave tarea de señalar el lado oscuro de la cultura: la sombra de los discursos que manejaba el primer Eugenio Trías, los vestigios marginados que rescatara el arqueólogo del saber Michel Foucault.

Bacon sería un paradigma en esta vertiente didáctica. Sus desengañadas aproximaciones a la realidad vivencial pueden confirmar a todo estudiante que, si existen aspectos de la vida que permanecen más allá de cualquier cambio, aún siendo desagradables o motivantes de rechazo; de la misma manera otras más nobles, dignas y abstractas, también, tienen el derecho y la posibilidad de ser desarrolladas: los valores morales.

La política es una forma de socialización que discretamente fundamenta cada una de las variantes de relación entre los humanos. Pero hay quien ha ido más allá de esta consideración, como el genial Nietzsche, y ha develado a la existencia personal de cada hombre- la subjetividad- como una manera de desplegarse de la política, dando a entender que la realidad entera no es más que la virtual superficie de una mar de poder en perpetua agitación. La educación no sería más que el adecuado abstraer de este desarrollo vital, en aras de fundamentar las construcciones sociales, desde la teoría, sólida estructura de pensamiento, y no solo desde una praxis inestable. Esta circunstancia se hace patente desde la pedagogía de monstruoso, como veremos a continuación.

En la cinta La Mosca (1986) del director David Cronenberg, se nos presenta la progresiva descomposición física de un ser humano, por haber alterado accidentalmente su estructura genética al fusionarla con la de un insecto.



Brutalidad disimulada, o refinamiento extremo

Sin embargo, es interesante considerar que así como la transformación corporal del científico tiene lugar, hacia una sencillez monstruosa: las formas esenciales de un humano y de un insecto, una proceso de abstracción delirante y grotesco; del mismo modo su mentalidad, su percepción de lo real también cambia, y en una intensa secuencia del libreto, el protagonista comenta ante el peligro de la pérdida de control total de su pulsión instintiva: “Los insectos no tienen política”.

¿Hacia dónde se orienta esta declaración: rumbo a una simplificación de la actitud existencial de un ser, es decir, un primitivismo sin velos; o por el contrario, hacia una sofisticación del ser propio de cara a los demás y al mundo entero? La educación tiene la respuesta.
La educación como baluarte de humanidad

La conversión de Seth Brundle en la cinta de Cronenberg, parecería constituirse en una perspectiva dolorosamente literal de “La Metamorfosis” de Kafka. Esta similitud puede no ser gratuita: si Kafka cuestionó la estructura relacional de los hombres por medio de una acentuación del absurdo inherente a lo humano, Cronenberg, inquiere lo mismo pero acerca de la subjetividad particular del hombre. La educación fomenta una perspectiva del mundo desde esa posición individual, por lo tanto, lo mejor que puede brindar la escuela es una toma de posición político-existencial ante la realidad entera, tomada como mundo.

Los horrores del hombre mosca, el pavoroso ser Brunlde-fly del final de la cinta comentada, nos deja ver el auténtico valor que tiene la educación: puede ser una cubierta, una derivación de la política, pero en última instancia- como el sacrificio efectuado por el monstruo en el climax de la película nos traduce- no queda nada más a lo que acudir: tenemos que justificar nuestra humanidad en la piedad, la comunicación y la comprensión por el dolor ajeno. En la educación lo tenemos todo, hay que apostar por ella.