miércoles, 3 de octubre de 2012

Marcel Duchamp y la metáfora del erizo

Marcel Duchamp (1887-1968) logró hacer de las cosas de la vida cotidiana, auténticos obstáculos cuestionadores de la conciencia y los hábitos de percepción del mundo. El artista ofrece una perspectiva de los objetos, tan original, que sobresalta la conciencia, pero, al mismo tiempo, la fascina rotundamente. Un ejemplo de cómo Duchamp se valió de esta contradicción reveladora, la tenemos en uno de sus ready-made: la célebre obra titulada, Erizo (1914).



Erizo no era más que un secador de botellas, objeto solitario y autorreferencial. En efecto, desde cierta perspectiva, esta cerrazón sobre su propio sentido, asemeja al secador de botellas con el espinoso animal. Duchamp descontextualizó al secador de botellas, segando cualquier lazo de este objeto con la realidad cotidiana, con la proyección pragmática que comúnmente genera este artefacto. La genialidad de Duchamp consistió en clausurar cualquier tentativa de vinculación lógica en torno al objeto, toda búsqueda de su sentido común.

Ironía y sabiduría

El Erizo de Duchamp, en última instancia, no ofrecía más que su propia bastedad: una estructura recortada de duros bordes. Idéntica aspereza es la que se desprende del vacío que rodea al objeto: cuando un espectador contempla demasiado cerca la obra de Duchamp, tal ausencia de sentido expone sus púas para herir. Esta propuesta por parte de Duchamp se libera de cualquier especular simbólico, cualquier viso de lenguaje. Inocentes y agrestes, los objetos de Duchamp se enroscan sobre su propia nada: se vacían y purifican hasta el silencio.

Liberación de lo estético

Lo que buscó Duchamp con Erizo y en general con todos sus ready-made, fue erradicar la noción de gusto, de estilo, la cual alude directamente a la intervención humana en la obra de arte. Un objeto cualquiera no tiene buen o mal gusto: es puro e inocente. En contra de las obras de arte fabricadas, Duchamp pugnó por la liberación estética de los objetos a través del ready-made, circunstancias de elección, azar e intuición en donde los objetos desencadenan una suerte de ataraxia artística. 

Para Duchamp, el arte como simple decoración es todo menos arte. Lo que atesora la posibilidad de lo estético es la elección: arte es tanto hacer, como elegir. Para Duchamp, en realidad todas las obras de arte no son más que ready-made “ayudados”, justificados. Es preciso, pues, afrontar el dilema del Erizo y arrojarse a la experiencia de lo incierto, del arte a propósito del arte. La experiencia de los ready-made es la de ciertos objetos-vivencia cuyas posibilidades estéticas se brindan en lo marginal, en lo que no se mira, o en lo que se mira volviendo la cabeza, de acuerdo a Duchamp. Mirada oblicua que todo lo revela, en cualquier cosa, como si nada...