miércoles, 3 de octubre de 2012

Comentando a Emil Michel Cioran

En lo que sigue desarrollaremos un comentario reflexivo con respecto a algunos aforismos del gran filósofo francés de origen rumano, E.M. Cioran.


“Ningún instante en el que no me asombre de encontrarme precisamente en él.”

La existencia no es más que una concatenación de casualidades que se ha tomado demasiado en serio. La vida humana pudo haber sido originalmente solo una eventual manera de pensarse, un subterfugio ideado al momento, para llevar a cabo alguna actividad cotidiana, y que por azarosas circunstancias se nos anquilosó en el ser profundo. Pero en ciertos momentos de desgarradura, aquella entidad inocente, libre e ilimitada, recobra la memoria, para contemplarse cautiva de su propia invención, estupefacta y arrepentida.

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“Aquel poeta se especializó en lo fulgurante”

Los poetas son portadores de un saber de retornos. No hay que buscar en sus composiciones algo que repare nada. No suturan la herida que separa las palabras y las cosas. Muy por el contrario, ahondan tal escisión hasta hacernos entrar en esa misma llaga, con el alma entera. Al efectuar esa vuelta al cálido fondo donde aguardan, desde siempre, los ínferos del ser, nos percatamos de que, dentro y fuera, desde cierta perspectiva no son más que sinónimos en fuga permanente, como los polos idénticos de un imán. Y merced a esa vuelta a las regiones más recónditas del interior propio, podemos percibir el fulgor indecible de lo que alguna vez se quiso manifestar así, en la alteridad. Después, no queda más que retornar al mundo, a las cosas y objetos evocados en los versos, pero ahora contemplados de otra manera. Poesía es luz que alumbra, para ver(se) mejor las sombras.

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“La música sólo existe mientras dura la audición, como Dios mientras dura el éxtasis. El arte supremo y el ser supremo poseen en común el hecho de depender totalmente de nosotros.”

La absoluta trascendencia es la inmanencia que se reconoce, razonablemente, en lo relativo. Puesto que solo en lo que se despliega allende los ámbitos controlables de la razón es dable a ser sentido con toda la intensidad del espíritu, y la música es uno de esos elementos, que como un ritual iniciático, forjado a través de armonías y pentagramas, aritméticas del arte que precisan ser superadas, nos sitúa en espacios donde lo divino se entrevera con la interpretación artística del creativo. En ese instante fugaz, en el que todo, como Todo, se justifica sin razón alguna, la fuerza de la inmanencia se torna en absoluto, como humano: lo sagrado se expresa entonces en su mera evocación, la obra culmina cuando se realiza en nosotros, más allá de todo lo real.