jueves, 11 de octubre de 2012

Michel de Montaigne: el estudio como forma de vida

Arte es aquello que nos permite reinventar el mundo en cada nueva creación. Sin embargo, gracias a Montaigne, estudiar es igual de importante: es la vía para inaugurar la existencia en cada tópico abordado, sin renunciar, como sucede en la inspiración artística, a la responsabilidad de la conciencia propia.


Cuando se ensaya un tema específico, no se trabaja sobre un corpus de conocimientos sólido como una montaña, a pequeños golpes de cincel, sino más bien, se establecen pequeños soportes sobre el vacío: son las citas elegidas que motivan la elucubración. La manera en que las utilicemos, como Montaigne bien mostró, establece los alcances de nuestra salvación en lo meditado, o un indefectible abismarse en el vacío de la perorata.

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Cada estudiante tiene la oportunidad de salvar al mundo, no tratando de transformarlo en lo más mínimo: Michel de Montaigne en su torre-biblioteca, luchando por comprenderse, hizo más por el bien de la humanidad, que todos los generales y conquistadores, que han tratado de dominar la Tierra, para hacerse entender a la fuerza.

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Montaigne paradigmático: un buen estudiante no es el que puede asimilar más información, sino el que sabe elegir a los maestros correctos que le enseñaran lo indispensable.

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El autodidactismo debe ir de la mano de la enseñanza masiva. Son aspectos complementarios de un mismo fenómeno educativo. Montaigne, hombre de mundo, garante de buena presencia y tratos en las cortes europeas, fortalecía su alma en la soledad de su biblioteca, escuchando el consejo perenne de los clásicos: ecos nobles, junta de sombras.

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Los estudiantes deben acudir permanentemente a los clásicos antiguos, los grecolatinos, como Montaigne lo hizo. No porque ya este todo dicho, sino porque lo que realmente vale la pena expresar, solo puede comprenderse a plenitud, en la diferencia de la repetición. Los padres de la cultura nos enseñaron los límites de lo decible; para pensar(se) más, es preciso interpretar de nuevo la travesía que los llevó a esos confines. No hay más, que Todo (ello).

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Para estudiar verdaderamente, se necesita una honda filia y una ligera sophia: ese fue el gran secreto de Montaigne.