martes, 9 de octubre de 2012

Blade Runner: la pregunta como forma de ser

En un mundo devastado y agónico, en donde poco a poco lo artificial ha colmado cada centímetro de la realidad de los hombres; en donde el hábitat natural, verde y húmedo, lleno de sol, ha dado paso a un Kraken de urbanizaciones sin sentido; donde la noche eterna, propiciada por el manto de contaminantes en la atmósfera, derrama lágrimas de acido sutil sobre las cabezas de los desquiciados habitantes de este hormiguero fúnebre; justo allí, en ese lugar que Dante y Milton no quisieron mencionar, quizás debido a una secreta piedad, las cosas se miran en el espejo, y demandan una explicación acerca de su ser.


Tal mundo evocado es el nuestro, y no lo es: es el creado por la cinta futurista “Blade Runner”, del director Ridley Scott, basada en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” del gran Philip K. Dick . Se refiere tal nefasto panorama, a la ciudad de Los Angeles en el año 2019, pero como casi siempre, la realidad ha superado a la ficción, y mucho de lo antes presagiado con la esperanza de no suceder, ha dado paso al suceso cotidiano de la desesperanza.

Y sí; las cosas se miran en el espejo y demandan una explicación acerca de su ser. Los replicantes relatados en la obra cinematográfica citada, seres artificiales creados con el fin de realizar tareas peligrosas en la exploración espacial, una manera de extender el cáncer de lo humano a los ámbitos cósmicos, de pronto, motivados por un entorno en donde hasta los animales más ínfimos tienen ya engranes o transistores, se rebelan contra las condiciones de existencia que les han sido otorgadas por sus creadores humanos, y les piden cuentas (cuenta y razón: logos-mundo), les exigen la facultad de erigirse, como autores de su propio destino, y lo hacen demandando más tiempo de "vida", debido al hecho de haber sido impuesto en su sistema vital, de funcionamiento artificial, un tiempo limitado de antemano: cuatro años.

¿Qué es lo que sucede aquí? ¿Qué quiere decir que el hijo se revele ante el padre y le pida más vida, siendo insuficiente para él la que se le ha otorgado en un inicio?

Si meditamos un momento, el ser humano es humano precisamente por tener conciencia de ser, por persistir en ese mismo ser, y en su conciencia de ello. Y si ha logrado obtener esta facultad, ha sido precisamente por actuar de la misma manera que su vástago, lo cosificado, el brote de materialidad omnipresente a la que ha dado gestación, en su propio ser.


Podemos conjeturar acerca de a quién, o a qué fue lo que exigió tomar las riendas, de su propio “salir fuera de”, su existir particular. Pero independientemente de todo, ese pedir cuentas, ese ser re-contado, re-escrito, pedir una explicación, un por qué, es la clave para comprender cómo el hombre ha llegado a ser, o a no ser lo que se muestra en nosotros, por lo que dejamos de ser fuera de nosotros: el cielo es el límite, ilimitado aún.

Y si el hombre vio así la luz de su ser, ¿cómo tomar pues, ese cuestionamiento insolente, al que someten a sus diseñadores?, Tal vez como una mínima esperanza, de que el mundo que hemos hecho ahora, en base a la técnica, y ya no vivido, habitado, como antes; ese peligroso ámbito del hoy, guarde en lo profundo una esperanza de renacimiento pleno. “Lo peligroso no es la técnica. No hay ningún demonio de la técnica; más bien, el misterio de su esencia” dice Heidegger, la esencia de la técnica es un secreto y un misterio. Si nos abrimos a ella, nos hallamos de súbito, y sin anticiparlo, ante un horizonte de liberación. Porque en efecto dice el poeta Hölderlin:

Donde hay peligro, crece también lo que salva