miércoles, 3 de octubre de 2012

De lo bello y lo feo


Si bien en la historia de la cultura occidental se han propuesto muchas definiciones de la belleza, se puede comprobar que desde los tiempos de los griegos hasta la modernidad, lo bello ha sido comprendido como un evento natural y no, más bien, como algo derivado de la actividad humana. Para el poeta griego Homero, lo bello era la luminosidad, es decir, lo resplandeciente, lo que deslumbra. Para Aristóteles, en cambio, muy posterior, lo bello estaba asociado a la simetría, aquello participante de la proporción.


Platón, quien elaboró la teoría más relevante del arte de la Antigüedad, entendió a la belleza como la patencia del bien que se manifiesta en las cosas. Motivada precisamente por la belleza de ciertas cosas en el mundo, el alma evoca- re-conoce- las ideas que han propiciado esta realidad material. Como los demás griegos, Platón descartaba que cualquier derivado de la actividad humana pudiera tener belleza plena. Justo de esta consideración parte la perspectiva platónica del arte como mera copia de la naturaleza: imperfecta mímesis de la belleza inherente al cosmos.


Únicamente a partir del siglo XVIII, cuando se gestó la noción de gusto, la belleza dejó de ser una simple reproducción lograda de la naturaleza y se pensó, en cambio, como un producto de las elecciones, la sensibilidad y la creatividad humanas. El problema de la belleza dejó de estudiarse desde una perspectiva eminentemente metafísica- un aspecto connotativo del ser- para devenir un ámbito de la estética. La filosofía ganó así, un campo de reflexión dedicado exclusivamente a explicar de manera racional el fenómeno del arte. 


La totalidad de las teorías estéticas del siglo XVIII y XIX se crearon a partir de la idea de que el arte era algo dedicado exclusivamente a lo bello, más allá de las notables discrepancias en cuanto a la definición de este último concepto. De acuerdo a esta suposición, el artista elegía para sus trabajos los mejores aspectos de la naturaleza, los temas más atractivos, o bien, transformaba en algo bello, los detalles de la naturaleza que no lo son de por sí, gracias al arte.


Sólo en los tiempos contemporáneos diversas poéticas de vanguardia han logrado desmentir este postulado ortodoxo. El arte no es algo vinculado exclusivamente a la belleza. En las propuestas artísticas de las vanguardias contemporáneas, se evidencia una investigación de los aspectos más oscuros de la realidad natural y humana; un deseo por manifestar los aspectos marginales de la existencia sin ningún ornamento estético. Incluso voluntariamente, diferentes creativos optan por acentuar esta sordidez por medio de las llamadas técnicas pobres: materiales de desecho, colores opacos, ausencia de cualquier acabado, etc. La finalidad del artista contemporáneo adscrito a la indagación de lo feo, ya no es embellecer lo real sino revelar la violencia, lo brutal, inherente a su manifestar. El objetivo primario del arte ya no es la belleza, sino la autenticidad.


La perceptible tensión ética en el arte moderno y contemporáneo- patente por ejemplo en Vincent Van Gogh- ha acercado notablemente sus teorías a la filosofía. En la actualidad, cada vez más artistas se oponen a desempeñar un rol consolador, es decir, de manipulador optimista de la realidad, tal y como lo decidieron los más importantes filósofos del último siglo (Nietzsche, Heidegger, Sartre, Foucault, Cioran, etc)


El expresionismo, el cual brotó en Alemania a principios del siglo XX, ponderó en una perspectiva cruda de la realidad hasta el punto de la deformación. El artista E. Heckel, en sus trabajos, procedió a partir de esa búsqueda de lo auténtico a partir de representaciones crudas del existir y la deformación de sus modelosEl arte contemporáneo maneja un enfoque nada ortodoxo acerca de los materiales. Diversos artistas han utilizado materiales de desecho como vehículos expresivos. Un ejemplo paradigmático es el del artista Kurt Schwitters. Este escultor dadaísta utilizaba cerillos usados, papeles, colillas de cigarros y cartones.