sábado, 7 de abril de 2012

El fuego de Heráclito

Heráclito es tan enigmático como la realidad que pretende explicar. Sin embargo, en su figuración del fuego, nos ofrece una lúdica pauta para intentarlo.



Heráclito, uno de los filósofos presocráticos más importantes, nació en Éfeso, en la segunda mitad del siglo VI a.C. Este famoso pensador llevó a cabo una reflexión acerca del mundo, utilizando un estilo denso y metafórico. Precisamente, este último detalle, le hizo merecedor del sobrenombre de“El Oscuro”.

Un críptico pensar

La filosofía de Heráclito, tan naturalista como profundamente simbólica, tiene como uno de sus centros de comprensión al fuego, es decir, el elemento más transformable y de menor consistencia de todos los conocidos. El fuego, de acuerdo a Heráclito, es el punto de partida de todos los seres. Todo se gesta y cambia, de acuerdo a su similitud o su diferencia con el fuego.

Ahora bien, cuando se analiza el pensar de Heráclito, siempre surge la interrogante acerca de cuál es el fuego al que se refería este filósofo: ¿El fuego que se manifiesta como un fenómeno de la naturaleza, o una enigmática sustancia más metafórica que material?

Identidad y diferencia

Los siguientes fragmentos de Heráclito, que tratan precisamente acerca del fuego y su rol dentro de su particular visión del mundo, ofrecen una posibilidad de investigación acerca de tan interesante dilema.

“Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será un fuego eterno que se enciende y apaga según medida”.

Resulta un contrasentido, en primera instancia, visualizar al fuego, algo tan inestable, como una presencia eterna, es decir, inmutable. Sin embargo, quizás sea la contradicción que implica la materialidad del fuego, lo que Heráclito ha querido ponderar. Si esto es así, resulta que la realidad, tal y como se nos presenta día con día, puede ser comprensible, de acuerdo a la intuición de Heráclito, como algo que se define, no tanto por su materialidad, sino por la intensidad con la que se concilia con lo abierto y lo contingente.

Las formas del ser

“Dios es día y noche, invierno y verano, hambre y saciedad. Tomó diversas formas igual que el fuego, que al mezclarse con los aromas, según el perfume de cada uno, recibe diversos nombres.”

En este caso, Heráclito podría estar haciendo una indirecta relación entre la divinidad y el fuego. Heráclito fue un severo crítico con las creencias religiosas de su tiempo, y como buen filósofo, fue proclive a abordar los misterios del ser a través de una cierta abstracción. Por lo tanto, el fuego, desde esta perspectiva, bien podría tratarse de una figuración de la trascendencia. Si ya se ha comentado que lo incierto y lo inestable dan cuenta de la forma del ser, el fondo del mismo podría quedar expresado a través de esta cualidad multifacética del fuego, el cual, al ser combinado con ciertos materiales- posiblemente sustancias aromáticas rituales- genera olores diversos, opciones variadas de experiencia. Esa capacidad de pluralizarse, de acuerdo a la perspectiva de quien lo perciba, es otra de las pautas de comprensión de la realidad, que se pueden derivar del fuego de Heráclito.

Enigma y revelación

“¿Quién se esconderá del fuego que no se oculta?”

En este breve fragmento de Heráclito, por último, se puede observar el talante agonístico de su filosofar. Se trata de un acertijo, un enigma propuesto por un sabio, alguien que sabía expresarse como lo hacían las deidades a través de los antiguos oráculos. Pero además, he aquí que este discurso tiene la contingencia y pluralidad de sentidos que se han advertido en el ser- como fuego- de acuerdo a los anteriores fragmentos. Entonces, es factible reconocer al fuego mismo en este pensar: cambiante, inasible, lúdico y al mismo tiempo, fundamentador y dador de sentido. El fuego que no se oculta- la respuesta al enigma- bien podría tratarse del logos, ese otro gran núcleo del pensar de Heráclito: el fuego eterno del ser, expresado en humanidad, voz manifestante - incapaz de esconderse de sí- que lo justifica todo en una revelación iluminadora y perenne, hambrienta de sus propias sombras.


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