viernes, 13 de abril de 2012

El demonio en la pintura

El demonio en la pintura ha asumido diversas representaciones, que van desde mensajeros de siniestras regiones del ser, a trágicos antihéroes. Muchas son las figuraciones que se han hecho del demonio a lo largo de los milenios. Cada una de ellas ha tenido su correspondiente representación en las artes plásticas. Resulta interesante conocerlas, siendo el arte una singular manera de repetir lo que, de acuerdo a la tradición cultural, llevó a su caída irremediable a estos ángeles rebeldes.


En la Grecia Antigua los demonios eran seres equiparables a los dioses por una particular potestad. El demonio de una persona se identificaba con los designios divinos y, por ende, con el destino de la humanidad en su conjunto. Posteriormente, el término demonio se usó para referirse a deidades menores y finalmente, a espíritus malévolos. En diversos motivos ornamentales de la cerámica griega se puede identificar en los sátiros lascivos a esa figuración de lo demoníaco.



El intermediario

Pero los demonios también han sido comprendidos como las almas de las personas que han fallecido. Y desde esta perspectiva pueden ser favorables presencias de ultratumba, o bien, torturadoras entidades. Como quiera que sea, desde esta línea de interpretación, los demonios se perfilan como intermediarios entre las deidades y los mortales. Cada ser humano se encuentra vinculado a su genio secreto, el cual se desenvuelve como consejero, motivando que los hombres se guíen más por inspiraciones repentinas que por juicios razonables. Desde esta visión, los demonios son como una forma de inspiración interior. Esta imagen de los demonios ha sido perspicazmente representada por Francisco de Goya en varios de sus famosos Caprichos, pero en especial en el grabado, "El sueño de la razón produce monstruos" (1799). En esta célebre obra, se observa a una persona sentada ante un escritorio, durmiendo. Mientras tanto, de su conciencia sumida en el ensueño surge una multitud de siniestros animales que lo agobian. En este mismo sentido, hay que mencionar la pintura de Henry Fuseli, "La pesadilla" (1782), en donde una mujer dormida es acechada por un macabro demonio y un caballo fantasmal que asoma la cabeza por la ventana.



El referente

El demonio también es referente de un estado interior que trasgrede lo ordinario. Gracias a esta disposición interior, quien atiende a ella es capaz de captar más detalles de la realidad, sin necesidad de la lógica. Esta forma de lo demoníaco implica trascender la razón por un impulso relacionado con el conocimiento, pero también con el destino. En este caso, muchas culturas, en lugar de imaginar al demonio como una inspiración interior, lo han representado-pictográficamente- como un símbolo de la vinculación de lo humano con una conciencia superior y misteriosa. 



Y así, los demonios se hacen patentes como presencias masivas, pululando alrededor de una persona, para gestar su fortuna o su perdición. Esa es la manera en la que los demonios fueron pintados por Matthias Grünewald en las Tentaciones de san Antonio, una sección del "Retablo de Isemheim" (1512-1516) y por el Bosco, en su monumental, "El jardín de las delicias" (1480-1490). Tales demonios son criaturas polimorfas e incordiantes, aunque, en cierta manera, no hacen sino llevar a quien los sufre a descubrir sus propios límites, es decir, una forma tortuosa de autoconocimiento.



El autónomo

Por último, existe la representación tradicional del demonio como un ángel caído. De acuerdo a pseudo Dionisio Areopagita, los demonios no son sino criaturas divinas que han traicionado su esencia. Pero entonces, y de acuerdo a las reflexiones de este autor antiguo, los demonios no son malos por naturaleza, ya que de ser así, ¿cómo se hubiesen separado de los ángeles buenos, si desde siempre hubiesen nacido en la maldad? Por lo consiguiente, esta perspectiva nos presenta a los demonios como seres maléficos, no por su conformidad con una particular naturaleza (el mal), sino, justamente al contrario, por no conformarse con la que les es natural (la bondad), por puro deseo de autonomía infinita. Muestras paradigmáticas de este tipo de demonios nos los ofrecen los torcidos seres de las pinturas de Francis Bacon, siempre entregados repugnantes metamorfosis en ilimitada transfiguración de sí; y los engendros bio mecánicos de H.G. Giger, irredentas criaturas incapaces de ceñirse a la naturaleza, por puro deleite de suicida multifacetismo.


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