sábado, 30 de marzo de 2013

La teoría del conocimiento de los cínicos

Los cínicos no veían utilidad alguna en la especulación filosófica, ya que creían- con un escepticismo irreverente- que era imposible conocer la realidad.


La autonomía y libertad de los filósofos cínicos, en los tiempos del helenismo, no ayudó a que integraran una escuela organizada a la manera del Liceo aristotélico o la Academia platónica. No obstante, tal circunstancia no debe hacernos pensar que los cínicos fueron no más allá de una secta de ascetas sin un interés concreto en los problemas filosóficos. Los cínicos, (cuyo nombre deriva del griego “kinikós” es decir, “perruno”) no limitaron su manifestación cultural a comportarse como estos animales, a manera de protesta, sin ninguna doctrina que fundamentara su accionar.

Casi seguramente los cínicos fueron denominados de esta manera porque su fundador, el filósofo Antístenes, acostumbraba enseñar en el gimnasio denominado como Cinosarges, lo cual quiere decir “perro raudo”. Algo parecido sucedió con los estoicos, los cuales fueron llamados de esta manera porque enseñaban en el “stoa pecile”, esto es, el pórtico pintado. Posteriormente el famoso Diógenes, fue el primero de la escuela cínica, en llevar el sobrenombre de “el Perro”.

Escepticismo e irreverencia

No existe duda alguna entre los historiadores, acerca de que los cínicos conformaron una escuela filosófica. Tuvieron una doctrina fundamentada en principios plenos de coherencia y claridad; crearon libros importantes- que no se conservaron- y polemizaron con sus colegas de escuelas rivales. De hecho, la escuela cínica tuvo una actividad que se prolongó durante ocho siglos.

Antístenes, no veía utilidad alguna en la especulación filosófica, puesto que consideraba, compartiendo un escepticismo parecido al de Sócrates, que era imposible conocer plenamente la realidad. Recordemos que Sócrates- por honradez intelectual- no podía dar nunca una definición cabal sobre los tópicos que investigaba.

De tal manera que, Antístenes enunciaba la imposibilidad de conocer las cosas por el razonamiento, al negar validez alguna a las definiciones y considerando que estas últimas son la condición de cualquier posible gnoseología. Uno de los argumentos de Antístenes planteaba que cuando se afirma A=B, pueden acontecer dos cosas: que A no sea idéntico a B, en cuyo caso se trata de una definición sin verdad alguna y no enseña nada, o bien, que A sea igual a B, pero en este caso, nada se dice, puesto que si B=A lo que tenemos aquí no es más que una tautología, es decir A=A.

Desde este enfoque de los cínicos, solo serían aceptables definiciones de cosas compuestas, como A=B+C; no obstante, aun en este caso, no sería posible definir B o C. Y entonces, si no es factible definir las cosas más sencillas, mucho menos es posible enseñarlas a los demás, por medio de la demostración lógica: solo se puede expresar “A es parecido a B” o indicar y manifestar “Esto es A”. En lo que se refiere a las cosas compuestas, para que las definiciones tengan validez, no se debe omitir ninguno de sus componentes, ya que, en este caso, la definición es inexacta por no ser completa: las definiciones correctas se transforman así, en largas y cuidadosas cadenas de predicados.

Sabiduría sin cortapisas

Para comprender la postura gnoseológica de los cínicos, basta con mencionar la respuesta de Diógenes ante la definición que propuso el célebre Platón, acerca del hombre como “animal bípedo y sin plumas”. Diógenes entonces desplumó a un gallo y lo arrojó al corral de la Academia clamando “He aquí al hombre de Platón”. Por ello, Platón se vio obligado a complementar su definición con el atributo “y de uñas anchas”, como característico del hombre.

Con su postura de sostener la imposibilidad de las definiciones, y por lo consiguiente negar la validez de las argumentaciones y la adquisición de conocimientos, los filósofos cínicos se colocaron en una aporía semejante a las que manejaba Zenón de Elea, para negar la posibilidad del movimiento. Y es que, a pesar de todo, se tiene la certeza de que las cosas existen, tienen movimiento y son aptas de ser descritas y enseñadas a los demás. Los cínicos intentaron solventar este contrasentido, dándole validez solo a los conocimientos que se pueden adquirir de manera personal e inmediata a través de los sentidos.

De acuerdo a lo anterior, cuando una vez a Diógenes intentaron mostrarle la imposibilidad del movimiento, simplemente se levantó y se puso a caminar. Los aprendices de filósofos cínicos por lo tanto, solo debían seguir los ejemplos de vida de sus maestros, con sus conductas y sus máximas, sin necesidad alguna de perder el tiempo con complicados y largos estudios.