sábado, 30 de marzo de 2013

Ética platónica

El Bien es la más valiosa de las Ideas y meta de nuestras actividades prácticas. Hay que aspirar a ella depurándose de lo material por la Belleza y la razón.


El núcleo de la filosofía de Platón se localiza en la teoría de las Ideas. Estas últimas son seres perfectos, espirituales, paradigmas de todos los entes de la realidad material. Por el contrario, los entes de nuestra realidad, en última instancia, carecen de valor, no son seres como tales, sino solo un reflejo de las Ideas mencionadas.

En lo referente a la ética platónica, derivada de esta particular filosofía, parte del hecho de que cada persona existe desde antes de nacer. Las almas de los individuos habitan en una suerte de paraíso celestial, contemplando a las Ideas, fuentes de todo conocer. No obstante, de acuerdo a la doctrina platónica, por castigo de los dioses, las almas se encuentran forzadas a habitar esta realidad, confinadas en cuerpos materiales. Los seres humanos deben purificarse con relación a su cárcel material, pero, tras fallecer, reencarnarán en otros cuerpos y así ininterrumpidamente, hasta que consigan purificarse en su totalidad. Tal es la célebre metempsicosis o teoría de la transmigración de las almas, tan notablemente cercana a ciertas concepciones orientales.

La sabiduría de la evocación

La estrecha relación que tienen las almas con lo corpóreo ha ocasionado el olvido de las Ideas, pero en tanto que los entes de la realidad material guardan una semejanza con aquellas Ideas, en cada oportunidad que observamos las cosas materiales, tenemos la oportunidad de evocar las Ideas que habíamos contemplado antes de nacer. Esa dinámica, de acuerdo a la cual aprender es una forma de recordar, se le denomina como anamnesis y es expresada de bella manea en el diálogo platónico Menón. La tarea de un buen maestro consiste, esencialmente, en conseguir que sus alumnos reflexionen y hallen en sí mismos, sus conocimientos olvidados.

La ética platónica es una consecuencia de todo lo anterior. La idea del Bien es la más valiosa de todas las Ideas y debe de ser la meta de nuestras actividades prácticas. Hemos de aspirar a ella y depurarnos de todo lo material. Elevarse a esta realidad, ideal, espiritual y perfecta, es deshacerse de la materialidad que nos constriñe, tan sensible como imperfecta. Tal es el planteamiento fundamental del pensamiento ético de Platón y ese es el marco en donde destaca el eros platónico, el amor capaz de sublimar a los humanos, apto de espiritualizarlos y aproximarlos al mundo de las ideas, en cuyo núcleo se encuentra el Bien combinado con la Belleza.

Aspiración elevada, nobleza espiritual
Tanta fuerza tuvo esta particular ética en el mundo antiguo, que logró posicionarse como la directriz de posteriores filosofías, como es el caso del neoplatonismo. Plotino y otros pensadores de su tiempo, tenían como intención principal, ascender hasta lo puro y perfecto, dejando de lado toda la impureza e imperfección de la realidad material.

Muy relacionado con lo anterior, se presenta la explicación platónica de las virtudes, es decir, las perfecciones del alma. Estamos hablando de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Parecerían nociones propias del cristianismo y sin embargo, cuatrocientos años antes del surgimiento de esa concepción religiosa, Platón, el más importante de sabio de la Grecia Antigua, las había situado de una manera totalmente racional, en la parte más alta de la humana perfección.

La razón y sus pasiones

De acuerdo a Platón, el alma de un ser humano, es comparable- tal y como se nos plantea en su diálogo Fedro-, a un carro con sus corceles y su conductor. Este último guía el conjunto, valiéndose de la energía de ambos caballos. De esa misma manera sucede en el alma, puesto que existe una razón que es capaz de gobernar las pasiones de distinto sentido. La virtud principal de la razón (el conductor) es la prudencia, la cual nos ayuda a gobernar y dirigir el conjunto mencionado.

Por otra parte, lo que más define al apetito irascible, la voluntad de lucha, guiada por la prudencia, es la fortaleza- uno de los caballos del auriga-, capaz de sobreponerse a las dificultades y complicaciones del existir. En cambio, el otro corcel, el apetito concupiscente, gobernada por el conductor se torna en la templanza, la cual logra controlar una excesiva ansiedad de placeres terrenales.

En este marco metafórico y filosófico, la justicia, de acuerdo a Platón, debe ser comprendida como una sutil armonía, un equilibrio pleno entre las distintas facetas del alma humana.