sábado, 30 de marzo de 2013

La ética del helenismo

La ética particular de la época helenística, se define por un intenso pesimismo y una profunda resignación.
Hasta los tiempos de Aristóteles, el individuo griego, libre y participante de la polis, determinaba con sus conciudadanos el desarrollo de su cultura y estando en comunicación con sus gobernantes, se sentía pleno y con un intenso compromiso con los asuntos de su ciudad estado.


En las postrimerías del siglo IV, Alejando Magno acabó con tales estructuras políticas y arrojó a los ciudadanos de Grecia en la impersonalidad de su gran imperio. Lo anterior quiere decir que los convirtió en sus súbditos. Los griegos entonces, percibieron su insignificancia con relación a estas novedosas instituciones y con respecto a las nuevas autoridades. Derivado de lo anterior, apareció una moral de corte individualista- definida por un notable pesimismo y una honda resignación-, enfocada a la salvación del individuo, frente al poder lejano de los gobernantes recién llegados.

Nuevo mundo, nuevas reglas

El ensanchamiento de los horizontes políticos, derivado por las conquistas de Alejandro Magno, se manifestó en dos factores que definieron la decadencia de la filosofía griega: uno de ellos fue la mencionada escisión del individuo con relación a la polis y otro, la forzosa adaptación a un cosmopolitismo inédito: un reivindicar el mundo entero como patria propia- tan caro a los estoicos-, y la convicción de que el bienestar interior de una persona no ha de corresponderse con el bien del Estado, o de la comunidad en general.

De esta manera, las soluciones éticas que surgieron en este marco, ya no fueron soluciones de tipo político como las que manejaban Platón o Aristóteles, sino más bien, vías de salvación para cada persona. Tal individualismo que se hace tan evidente en las escuelas que aparecieron en este tiempo, muy alejadas de los ideales políticos y morales de la Grecia Clásica.

Estrategias de salvación

Justo en esas circunstancias, aparecieron las escuelas cínica, estoica y epicúrea. De manera general, estas filosofías intentaron minimizar la relevancia de las necesidades y de los contratiempos humanos y a difundir la autarquía y la imperturbabilidad

La autarquía se refiere a la manera en la que un individuo debe bastarse a sí mismo, esto es, no precisar de nadie y no preocuparse de sus riquezas, conformándose con su propia suerte. La imperturbabilidad, en cambio, se refiere a la capacidad con entereza cualquier adversidad que se presente.

Como principal exponente de los epicúreos, tenemos, por supuesto, a Epicuro de Samos, para el caso de los estoicos , a Zenón de Citio y con respecto a los cínicos a su líder Antístenes y al famoso Diógenes. Para el caso de la autarquía, basta con recordar los episodios de la vida de Diógenes- a medio camino entre la realidad y la tradición- de acuerdo a como nos los presenta Diógenes Laercio. El filósofo rebelde y dicharachero, que vivía en un tonel y que le manifestó al propio Alejandro Magno, que lo único que deseaba de él era que no le tapara el sol, es un paradigma de la autarquía en la época helenística. Para el caso de la imperturbabilidad, nada mejor que recordar a los estoicos y sus planteamientos, que estuvieron vigentes aun durante buena parte del Imperio Romano.

Varias de las posturas de los filósofos helenísticos anticiparon intuiciones y preocupaciones que intentó resolver, mucho después, la ética asociada con el cristianismo. Inclusive, en la actualidad, de acuerdo a las complejas dinámicas de nuestro presente- especialmente con respecto a los individuos y los sistemas de  poder que los orientan y controlan-, los planteamientos de los filósofos helenísticos adquieren una pertinencia inusitada- tal vez un apoyo-, que no puede soslayarse.