sábado, 30 de marzo de 2013

El conocimiento según Aristóteles

Las esencias, al estar vinculadas a la materia, posibilitan el conocimiento de las cosas, sin tener que apelar a trascendencias, ni absolutos.


La escala que propone Aristóteles con relación a los seres vivos, coloca a los seres humanos en una posición de privilegio. No solo tienen las mismas funciones que los demás seres vivos, sino que, además, tienen una capacidad propia que le define y diferencia de los demás: el pensamiento. Tal perspectiva implica no solo una continuidad de lo viviente, sino también, una cualidad irreductible de lo superior con relación a lo inferior.

En contraste con Platón, su maestro, Aristóteles, no minimizará la relevancia de las sensaciones y la imaginación, como fuentes cognoscitivas. Incluso, para el Estagirita, la sensación será el crisol mismo del conocimiento. Por lo consiguiente, se puede afirmar que la filosofía aristotélica ostenta una posición evidentemente empirista, en concordancia con su visión física y ontológica de lo real.

Lo que hay y lo que es

Para Aristóteles el mundo que los humanos perciben y experimentan es el único que existe: el mundo sensible, en donde se desenvuelven todas las sustancias individuales que se conocen, integradas por materia y firma, y plenas por lo consiguiente, de racionalidad.

Las esencias, al estar vinculadas a la materia, posibilitan que la cognoscibilidad se derive de las cosas mismas, sin tener que apelar a trascendencias y absolutos desvinculados de la realidad sensible, para acceder así a los dominios de la verdad.

Nuestro mundo sensible, de acuerdo a la gnoseología aristotélica, no se trata de algo aparente, ni una copia inexacta de otro mundo, y sus rasgos definitorios no son tampoco meras ficciones que nos lleven al error. Desde esta postura filosófica, el movimiento, las transformaciones y la finitud, tienen tanta realidad como los objetos que los generan o experimentan.

En última instancia, para Aristóteles las cosas llevan en sí- en su propia forma-, de manera inmanente, su principio de inteligibilidad.

Los caminos de la aísthesis

Si para la filosofía platónica las sensaciones (aísthesis)- esto es, las referencias de la realidad sensible obtenidas por los órganos sensoperceptuales-, no nos brindaban ningún conocimiento certero, por su separación radical con las ideas, en los planteamientos aristotélicos, las sensaciones serán las fuentes básicas y más relevantes del conocimiento: su origen primordial.

Ahora bien, desde este último enfoque, sentir puede comprenderse desde dos sentidos diferentes: uno como potencia y otro como acto. En el primer caso, el individuo capta una forma sensible sin la materia que le corresponde; en el segundo caso, el individuo hace uso de sus facultades sensoriales: la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato. Y así, para que exista la sensación, es preciso que se haga presente un objeto sensible capaz de ser percibido.

Lo anterior es una de las principales diferencias que existen entre la aísthesis y el pensamiento: en el caso de lo primero, no es suficiente la voluntad para que aparezca la sensación, puesto que no percibimos algo en específico solo por tener la voluntad de ello; en cambio, en el pensamiento la voluntad si tiene un rol preponderante. Se puede pensar lo que uno quiera, en cualquier momento, pero no sucede así en el caso de las sensaciones.

Otra de las distinciones capitales entre la sensación y el pensamiento, consiste en que, la primera se abre a lo particular y fenoménico, es decir, los seres concretos. En cambio, el pensamiento se orienta a lo que hay de universal en lo particular: las esencias.

Pensar y sentir

Siguiendo a Aristóteles, si la percepción solo nos hace captar las formas sensibles de los seres concretos, lo individual, será entonces el entendimiento quien nos ayude a la captación de lo universal, las esencias universales inherentes a las cosas, como por ejemplo, su forma. Basta con pensar en un caballo: se trata de la idea de un caballo, el concepto universal que le corresponde y que define a todos los caballos particulares, de los cuales se pueden captar conocimientos sensibles.

El pensamiento es una capacidad autónoma del cuerpo, carece de determinaciones y es capaz de captar, desde las sensaciones mismas, las esencias universales pero sin la materia que les corresponde. Para este ejercicio cognoscitivo, en la captación de los universales- las esencias-, que se manifiestan en las cosas mismas, se debe abordar el conocimiento de lo particular, para llegar de manera inductiva a lo universal, siguiendo la vía de la abstracción.

De lo concreto a lo universal

Esta última es una dinámica inductiva que elimina, en la vivencia gnoseológica, las determinaciones sensibles y cualidades de un objeto, hasta llegar a la esencia misma que define a tal ente en específico.

A final de cuentas, la abstracción no nos permite acceder inductivamente a los conceptos universales, puesto que lo universal no se halla fuera de las cosas, sino, por el contrario, radica en ellas como su forma. Los humanos solo podemos acercarnos cognoscitivamente a las cosas desde su ser concreto y desde las cosas, sumando experiencias y datos acerca de ellas, llegamos finalmente a los universales. Para Aristóteles, lo particular es el camino para alcanzar lo universal, por el seguro sendero de la inducción.