jueves, 11 de abril de 2013

La palabra de Citlali

Citlali era una cyborg que viajaba de planeta en planeta nombrando las cosas de los mundos que aún no poseían lenguaje. Esta mujer artificial era un ser esbelto y hermoso, alado y lleno de luz, y también estaba equipada con sofisticados aditamentos y recursos defensivos. Era capaz de entablar formidables combates con su gran agilidad.

Los planetas a los que llegaba la palabra de Citlali, de ser ambientes indiferenciados, devenían en caleidoscópicos entornos, en donde las cosas poco a poco quedaban definidas y comprensibles, gracias a su capacidad denominadora.

En cierta ocasión, Citlali llegó a un mundo enorme y con gran potencial, en donde, sin embargo, todo era gris y anodino. La cyborg pronto descubrió el origen del problema: un moho inteligente había cubierto toda la superficie del planeta, en un fiero afán parasitario

De inmediato, Citlali comenzó su tarea iluminadora: mientras exploraba aquel mundo vasto, fue estableciendo bellas palabras para definir y liberar aquella sofocante uniformidad.

El moho inteligente, furioso al ver alterado su predominio, deseó hacerse de Citlali. Pronto la había contaminado y cubierto con su grumosa viscosidad. Teniendo el control sobre ella, la obligada a cambiar los nombres de las cosas, de acuerdo a las circunstancias del momento. De esta manera, aquel parásito lograba que los habitantes de ese mundo, engañados por el colorido de las realidades falaces que pronunciaba Citlali, permanecieran sometidos a su entero arbitrio.

Un día Citlali, mientras deambulaba por uno de los vastos parajes de aquel mundo vacío, se asomó a una laguna, para contemplar su rostro. Súbitamente, consternada, descubrió había olvidado su nombre: no se reconoció en esa distorsionada imagen.

Decidida, se sumergió en las frías aguas y se arrancó la inmundicia que la cubría. Pronto emergía de nuevo, luminosa, y encaminada a liberar a ese planeta. Dio inicio a su singular tarea, pero ahora dándole su verdadero nombre a las cosas.

El moho inteligente, se dio cuenta que no podría controlarla más y se congregó todo él, en una masa filamentosa, para acabar con la cyborg. Citlali le hizo frente a aquel engendro, y se enfrascó con él en un áspero combate. Mientras el moho le arrojaba largos filamentos a manera de látigos, Citlali, esquivando ágilmente esos violentos ataques, lo cortaba con sus alas filosas y diamantinas.

Al comprobar el ciego afán de la bestia, Citlali, decidió sacrificarse para salvar aquel mundo: condujo inteligentemente la batalla hasta la cima de un volcán, y en cierto instante, sujetó a su enemigo y se lanzó con él al cráter ardiente.

Mientras ambos se consumían en la lava, Citlali miró al moho feneciente y supo que, en su agonía, aquel ser ambicioso y burdo por fin comprendió cual era el verdadero crisol de toda expresión: el dolor de ser. El moho tras un sordo bramido, desapareció en la nada.

Citlali- triste masa de circuitos y partes biomecánicas al borde del colapso- pudo aún arrastrarse fuera del cráter, para tenderse de cara al firmamento y dejar de funcionar. Sin embargo, antes de hacerlo, miró al cielo y recordó su nombre: lo pronunció y cesó de existir.

Con un último resplandor, su cuerpo se apagó. Los habitantes de aquel mundo, quienes habían presenciado la épica contienda, observaron el fulgor de ese ser moribundo, escucharon la palabra que había dicho en sus postreros momentos, y descubrieron en el cielo, por fin, a lo que se refería esa misma palabra: estrella. El universo estaba poblado de ellas, y los habitantes de aquel mundo, libres por fin, orientados por esa luz, aprendieron a nombrar las constelaciones y todas las cosas de la realidad.

De esta manera, Citlali, “la estrella”, su palabra, se difuminó como la luminosidad de los astros en el infinito, dándole sentido a todo el ser, en una prodigiosa ofrenda.


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