jueves, 4 de abril de 2013

Cinco viajeros en diez aforismos


Odiseo nunca regreso a Ítaca. Por lo menos, no a la misma de la que partió. Sin embargo, supo hacer de cada escala una nueva morada. En cambio Penélope, sin salir jamás de su isla, llegó más lejos, y estuvo presente en sitios innumerables: escenarios varios para un mismo reencuentro, construidos de pura añoranza.

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Al cabo del tiempo, Odiseo, sofocado de tedio, quiso volver a viajar. Y para evadir familiares reproches, escapó disfrazado: recorrió mundo y tiempo, en la figura de Dante, Fausto, Alonso Quijano, Karl Rossman y Leopold Bloom. A la postre, tuvo nostalgia; empero, era demasiado tarde: Ítaca por su parte, había partido también. En su lugar, había un lugar extraño y desconocido. Jamás regresó.
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Eneas viajó hasta el mundo de los muertos, para conocer la travesía de su propio destino. Sin embargo, el caudillo nunca supo que, paradójicamente, esta inusual cartografía conducía disimulada e ineluctablemente, desde el triunfo de la vida, hasta los reinos de ultratumba, en un eterno retorno.
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Las mismas llamas de la pira de Dido, fueron las que alumbraron la senda marina de las naves de Eneas, al partir. Así de grande fue su sacrificio. Lo que nadie sabe es que, tras eras, aún brillan ciertas pavesas: guías esperanzadas de un regreso imposible.
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Herodoto no mintió: quien viaja con el corazón encendido, arriba a lugares que, a veces, no se equiparan con los deseos del alma. Cualquier lugar puede ser maravilloso, si se le mira como si fuese la primera vez que se le mira.
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Egipto nunca existió. Solo el espíritu de Heródoto pudo haberlo concebido. Y sin embargo, luego de dinastías y faraones, de templos, ciudadelas y pirámides, de dioses, héroes y tumbas, su invención se tornó tan vasta y magnífica, que siguió por sí misma su propia historia. Nuestrahistoria.
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Los umbrales del Infierno estaban escritos en una inédita clave, a la inversa, como una prueba más: ni siquiera Dante supo descifrar este sentido. La esperanza, fue la que abandonó a los que renunciaron a seguir su propio sino, cualquiera que fuese. Y así, quien busca orientarse para salvar la vida, sin fe; no hace sino viajar, siempre, a las profundidades de su propia perdición.
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Dante encontró a Beatriz en brazos de Dante: los descubrió en el momento mismo en el que la pareja, entrelazada, se disolvía en una vorágine de fuerzas celestiales en ascenso al infinito. Y así, quien viajó más allá del mundo para encontrar a quien siempre soñó- en el vacío- se extravió por fin.
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Sin trasladarse- Karl viajó a una América laberíntica, y se perdió allí. Al cabo de un tiempo pudo regresar a Europa, el atribulado Kafka. – a ningún lado.
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Joseph K viajo hacia el Castillo para poder encontrar quien le diera razón de todo. Sin embargo, en cada ocasión, Kafka le cerró la puerta. Siempre esperó.


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