domingo, 7 de abril de 2013

Improvisación

K baja por la escalera. No sabe, a ciencia cierta, a qué planta del edificio tiene que acudir. La hora de su cita se aproxima. Junto a él, hay varias personas que luchan por descender por el estrecho pasillo. Pugnan por adelantarse unos a otros y ganar un peldaño más.

K, quien no tiene una clara referencia del número de planta a donde tiene que presentarse, se guía por la cantidad de personas que salen de la escalera, para ingresar a cada uno de los pisos del viejo edificio.

El joven conjetura que, el piso que le corresponde, es donde más personas descenderán. Pero, hasta el momento, esto no ha sucedido. La escalera se va volviendo ya, muy larga. K ni siquiera recuerda cómo ha podido ascender tanto.

Algunas parejas se han formado por el trato continuo que han desarrollado al proseguir en su dilatado contacto. Estos enamorados buscan abrazarse sin dejar de avanzar, y se atraviesan en el camino de los otros. Resuenan maldiciones e improperios mezclados con palabras de ternura y arrumacos.

La marcha continúa.

K percibe a sus espaldas ronquidos y murmuraciones. Algunas de las personas participantes del descenso de la enorme escalera, se han dormido ya, pero, impulsados por los demás, siguen avanzando, dejándose llevar por la voluntad abstracta del bloque humano.

K se sorprende; personas que creía ya habían dejado la fila en movimiento, vuelven a aparecer, inesperadamente, para estorbar su marcha con un pie necio o un codo insolente.

Aburridos, varios comienzan a entonar melodías de taberna. En el hueco en penumbras de la escalera, rebotan los ecos de risas y groseros chistes. K se indigna. Algunos han comenzado a desnudarse y agitan su ropa al son de las canciones.

K se debate desesperado: siente que se ahoga en ese mar de abrazos y apretujones.

Finalmente, parece notar que la masa se calma; es posible, de acuerdo a su actitud, que por fin hayan podido alcanzar el piso que deseaban. Comienzan a darse los buenos días y a desearse la mejor de las suertes. K vuelve a respirar. Abren una puerta. Comienzan a salir todos.

Cuando K finalmente lo logra, se llena de estupefacción. El umbral que han atravesado no conduce sino a una escalera en ascenso. Pronto es arrastrado por la multitud que se apresura a llevar a cabo la marcha obligada. Su rostro, lleno de confusión, queda oculto por ese río de cuerpos y pasos, que se pierden y lo pierden, en una vuelta de la escalera en espiral.

Suben.



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