domingo, 21 de julio de 2013

El deseo de saber

Ante un fenómeno del mundo, quien lo presencia asume una postura: o se piensa como parte de ese acontecimiento, o toma distancia de él. Pero en primer lugar, ¿cómo conceptualizamos al mundo mismo? Acaso como una toma de distancia de todo fenómeno posible (un espacio no manifestante en donde se hace patente todo lo que se manifiesta, todo fenómeno), y en el segundo, ¿dónde nos ubica esa toma de distancia? Al parecer en un ámbito enigmático, en donde se gesta todo el deseo de saber.


En ambos casos parece revelarse un punto, un no lugar al que accedemos cuando deseamos conocer totalmente un objeto del mundo, o al mundo mismo, como un objeto en su totalidad. Pero ¿Qué decir de este espacio secreto? ¿Cómo es que lo más oculto puede ayudarnos a comprender todo lo que nos rodea?


Tal vez no sea casualidad que la manera más normal de acercarse cognoscitivamente a un objeto, sea cuestionando la apariencia que nos ofrece. Esa falta de información acerca de algo, puede que no tenga tanto que ver con el objeto a analizar, sino con la posición que asumimos por el deseo de saber: la entrada a ese espacio del cual no puede afirmarse nada, ni negar algo, pero que nos permite interpretar lo que captamos, con el lenguaje, el arte y la ciencia.


¿Tiene algún límite el deseo de saber? Al parecer nuestro universo es ilimitado, de acuerdo al modo habitual en que lo estudiamos. Pero entonces, el universo es tan vasto, como inagotables las maneras de estudiarlo. Ante esta equiparación, cabe regresar al espacio secreto del deseo de saber. Lo que define a este no estar, es precisamente un límite desde el cual se intenta atisbar lo que no lo tiene.


El deseo de saber por lo tanto, es un punto de inicio, silente y puro, del cual no se puede saber nada, pero que nos permite acercarnos cognoscitivamente a las cosas que nos rodean como si fueran un todo (esto es, como si fueran esencialmente distintas a aquel espacio indescriptible desde donde se conoce).


Ante esta perspectiva, tal vez convendría aproximarnos más al deseo de saber, no tanto como "saber" y si un poco más como deseo. Este desplazamiento nos arroja de lleno a lo humano, es decir, al ámbito de quien se sabe carecedor de algo y con alguna posibilidad de alcanzarlo. El espacio enigmático del que hemos partido, en nuestra toma de distancia, para fines cognoscitivos, tiene así una expresión más comprensible en lo humano: como el cielo descubriéndose en un estanque, pero solo en una humana mirada deseosa de contemplar, de saberse más.