jueves, 1 de enero de 2015

La experiencia de la sabiduría en el mundo antiguo

El pensador italiano Giorgio Colli, considera que, la experiencia humana de la sabiduría, ha de transitar con todas sus consecuencias, la ruta del discurso, del “logos”. Y para esto ahonda en el testimonio de otro gran sabio griego como Heráclito, en este caso Empédocles, comentando un fragmento[1] de su poema, en donde se alude a Apolo como una interioridad mística y escondida, un “corazón sagrado e inefable”, lo que se relaciona con la lejanía metafísica de la deidad con respecto a la realidad de los hombres[2], pero que a la vez, es una acción sometedora y devastadora en la dimensión humana.[3] 


Para Colli, es muy significativo y concuerda en grado sumo con sus consideraciones esenciales sobre Apolo, que en este mismo fragmento Empédocles relacione directamente a las flechas del dios con los pensamientos, puesto que así se comprueba lo reflexionado por Colli con referencia al pasaje citado del Timeo platónico que mostraba en la actividad de la razón un rasgo específico de la influencia apolínea.

Colli retoma el tema de la adivinación y a su preeminencia entre los griegos antiguos; y a partir de esto se cuestiona; ¿Expone este evento alguna otra clave de comprensión con referencia al fenómeno de la sabiduría griega en su conjunto?

Y bien, para Colli en efecto, la adivinación conduce a una honda reflexión acerca de que si comúnmente la tendencia a la actividad mengua en quien está persuadido de que el futuro es anticipable; en contraste, en los griegos antiguos se puede hallar una inédita circunstancia: la existencia simultánea de una confianza total en los augurios, con referencia a los efectos de su intervención en el flujo de los eventos, por un lado; y también otra con relación a la circunstancia de arrostrar tentativas sin esperanza de éxito, o que evidentemente contradigan a los anuncios de la deidad. Pero para Colli es posible comprender tal contradicción, esa de la presencia patente de una voluntad  de lucha[4], en individuos conocedores de su inexorable destino[5], si se toma en cuenta acerca de que esa gran relevancia de la adivinación en los griegos, no iba atada a una primacía de la necesidad en lo real, dentro de su perspectiva. 

Esto lo explica Colli considerando que el conocimiento del porvenir no equivale a una circunstancia de necesidad fáctica en el mundo. El mundo no es necesario solamente. Si alguien es capaz de anticipar lo que sobrevendrá, esto no implica la concatenación de acontecimientos o de situaciones de objetos que dará como resultado dicho porvenir. Para Colli la necesidad refiere a cierta manera de comprender dicho eslabonamiento de eventos, pero esto no conduce forzosamente a una noción de necesidad.[6]  Colli reflexiona:

Un futuro es previsible no porque exista una conexión continua de hechos entre el presente y el porvenir, ni porque de algún modo misterioso alguien esté en condiciones de ver por adelantado dicha conexión de necesidad: es previsible porque es el reflejo, la expresión, la manifestación de una realidad divina, que desde siempre, o mejor independientemente  de cualquier época, lleva en sí el germen de ese elemento para nosotros futuro.[7]

De esta manera, para Colli un porvenir es anticipable por ser la manifestación de una dimensión divina que, allende la temporalidad humana, condensa en su ser la semilla de ese preciso futuro para el ámbito de los hombres. Entones, de esta manera, Colli explica que tal evento esperado puede no ser el efecto de un encadenamiento necesario y de la misma manera sea también augurable.

Colli propone que el azar y la necesidad se confunden para brindarse a la humana experiencia, como bien parece sugerirlo Heráclito cuando dice “El sol es nuevo cada día”[8]. Esa mixtura entre azar y necesidad, es acorde con la dualidad inherente a Apolo. Si lo define también la locura, no tiene esto correspondencia con lo ciego necesario, sino con la fuerza del arbitrio[9]. Y también, observa Colli, su discurso, la voz vibrante de la Sibila, sorprende algo en toda su manifestación exaltada: ¿Cuál es el mensaje de ese torrente de imágenes y de alucinaciones?

No igual desvaríos o equívocos, sino más bien y sorprendentemente máximas moderadoras, llamados a la templanza, a la autolimitación de sí: “Nada en exceso”, “Conócete a ti mismo”. Colli considera que Apolo comunica así a los humanos que la realidad divina es infinita, inmarcesible, y por ende, voluble, inasible, veleidosa; y sin embargo su voz en la esfera humana se escucha como una conminación a la racionalidad, a la necesidad más franca.

Es notorio y muy significativo como, a través del discurso de Delfos, Apolo instruye a los humanos a no excederse, mientras que en contraste, el por su cuenta expone una pasión desbordada. Colli observa en esta contradicción un desafío del dios; Apolo instiga indirectamente a los humanos a desatender sus designios. Tal sentido puede identificarse en los discursos de los oráculos, en su enigmática oscuridad. La intrigante  ambigüedad de la palabra de Delfos señala la separación, la distinción entre el ámbito de los dioses y el de los hombres. Conviene recordar aquí, por lo tanto, el señalamiento de Colli acerca del talante violento y lúdico con que Apolo entabla comunicación con los hombres: de allí justamente el carácter críptico de los enigmas, puesto que conllevan un gran caudal de agresión contenida, de malicia.[10]

Además es menester para Colli subrayar que el enigma gozaba ciertamente de una enorme importancia en la Grecia arcaica, y esto, relacionado con los orígenes de la sabiduría, conlleva una valía independiente, que escapa por completo del ámbito exclusivamente relacionado con la figura de Apolo, puesto que la adivinación y el enigma, según Colli, parten de una fuente primigenia común. Esto fue clarificado anteriormente con la cita del diálogo Timeo y Colli procede a clarificarlo con cierto pasaje[11] del Banquete del mismo Platón. Sin embargo, a partir de cierto momento antiquísimo, el enigma procede a separarse del fenómeno de la adivinación. Esto se hace patente en el siniestro mito tebano de la Esfinge. De igual manera en esta ocasión el enigma brota de la mala voluntad de un ser divino, expresión de un cruel talante desde la otredad con respecto, a la realidad humana.

La Esfinge obliga a los habitantes de Tebas a afrontar el desafío de lo divino[12], un reto de consecuencias letales, vertido en el enigma de las tres edades del hombre. Únicamente quien pueda resolver el enigma puede alejar el peligro de la ciudad, y a la vez redimirse a sí mismo. El trofeo de la victoria será la obtención de un conocimiento. El arma privilegiada para la contienda es la filosofía. Y la disputa, señala Colli, es de resultados devastadores: quien se muestra incapaz de solucionar el enigma, perece en las fauces de la Esfinge; y quien logra dar con la clave para solucionarlo, es decir,  Edipo[13], motiva que la Esfinge furiosa se arroje desde un precipicio. Colli al respecto cita un fragmento de Píndaro, en donde el nexo entre enigma y crueldad se clarifica aún más: “El enigma que resuena desde las feroces fauces de la virgen”.[14]

Pero aún desde tiempos arcaicos el enigma procede, paulatinamente, a alejarse del ámbito divino que le correspondía, para arribar a la realidad humana como el objetivo de una disputa entre los hombres por obtener la sabiduría. En este sentido Colli cita al geógrafo Estrabón[15], que relata como Calcante, tras volver de Troya, halló a Mopso -nieto de Tiresias- y al comprobar que era un superior adivino con respecto a él, murió de pena. El que sean dos adivinos  los que disputen por la filosofía, señala para Colli la procedencia religiosa del enigma, aún en su vertiente humanizada. Otro detalle con respecto a lo antedicho, se refiere a la diferencia pasmosa entre la futilidad de la forma de los enigmas, con respecto a sus mortales consecuencias[16]. Señala Colli: “Semejantes elementos discordantes de la tradición revelan la intervención de un arbitrio divino, la intrusión en la esfera humana de algo perturbador, inexplicable, irracional, trágicamente absurdo”.[17]

Colli observa aquí la presencia invasiva en la realidad de los hombres de un elemento misterioso, aterrador, irracional y devastador en su inaprensablilidad.[18]

Colli piensa que tras la figura de Heráclito- quien como veremos en el tercer capítulo, en su reflexión particular el enigma tiene un rol preponderante- los sabios se concentraban más en los resultados del enigma que en el enigma propiamente. Colli encuentra en Platón,  antiguos rastros de esta precisa circunstancia; ecos que dan la pauta para una comprensión más definida de tal acontecimiento. Y así, de acuerdo a cierto fragmento del diálogo platónico Cármides, el enigma, para Colli, emerge en el momento en que “el objeto del pensamiento no va expresado en palabras”[19]. Y por esta misma razón, alude a determinado estado de conciencia místico, en el que una singular vivencia interior resulta indecible[20]

De tal suerte que, el enigma, es la expresión de lo divino, del misterio, de la otredad manifestada en una interioridad críptica. El discurso es algo distinto siempre de lo que pretende quien se comunica a través de él, de modo que en cada ocasión se muestra intrincado, complejo, como un acertijo. Colli encuentra otra evidencia del nexo entre el enigma y lo místico cuando en el diálogo platónico Fedón se lee: “muchos son los que llevan el tirso, pero pocos los poseídos por Dionisos[21].” Hondos ecos órficos se perciben en esta cita, que parecieran por su propia cuenta, palabras de enigma por sí mismas.[22]

La enunciación, la estructura capciosa es un rasgo definidor del enigma. Y esto lo explica Colli señalando como con la irrupción del enigma en el ámbito humano se va configurando una formulación de él en donde lo críptico se acentúa. Colli percibe como este cambio de estructuración del enigma, va ligado directamente con la aparición de los primeros sabios, y se desarrolla del modo siguiente: en primera instancia el dios motiva una contestación a través del oráculo, y “el profeta”, dicho en términos de Platón, se erige como un mero intérprete del discurso de la deidad, en un acontecimiento que le corresponde enteramente aún, al ámbito religioso. Posteriormente la divinidad propone un enigma por medio de la Esfinge, y el hombre ha de resolverlo, so pena de perder la vida. 

Y al final dos adivinos, los citados Calcante y Mopso disputan entre sí por motivo de un enigma. En esta última etapa, el dios ya no tiene que ver nada, y aunque persista un elemento religioso,  destaca un fenómeno inédito: el agonismo que se manifiesta aquí es un ámbito de relaciones humanas en el que se juega la existencia entera. “Un paso más y cae el fondo religioso, y ocupa el primer plano el agonismo, la lucha de dos hombres por el conocimiento: ya no son adivinos, son sabios, o mejor combaten por conquistar el título de sabio”[23]  



[1] “En sus miembros no está provisto de una cabeza semejante a la del hombre , ni de su torso parten dos brazos, no tiene pies ni rodillas veloces ni genitales vellosos, sino que sólo un corazón sagrado e inefable se movió entonces, que con veloces pensamientos se lanza a través del mundo entero tirando flechas” tomado del Poema de Empédocles, apud. El Nacimiento... p.46

[2] “Nuestro Dios es el Deus absconditus: el Dios oculto. ¿Pero por qué? ¿Por qué es necesario que seamos engañados respecto a la naturaleza de la realidad? ¿Por qué se halla camuflado en una pluralidad de objetos heteróclitos y ha disfrazado sus movimientos en una serie de procesos debidos al azar? Todos los cambios, todas las permutaciones de la realidad que vemos son expresiones del desarrollo decidido de esta simple, esta única entelequia; es una planta es una flor, una rosa abriéndose. Es la zumbante colmena. Es la música, un canto [...]Vagamos colectivamente en una especie de holograma láser, criaturas reales en un mundo manufacturado, una escena sobre la cual se hallan instalados artificios y criaturas en medio de los cuales se desliza un espíritu decidido a permanecer desconocido.” 

Philip K Dick, de su ensayo,  Si encuentran ustedes este mundo malo deberían de ver alguno de los otros, tomado de http://www.pangea.org/~jaumear/phk4.htm

[3] Nuestro ser más profundo, lo más auténtico con respecto a nuestra persona, nuestro corazón vivo en sus ínferos, es un misterio inextricable. Un secreto propio, que nos apropia. Freud, Jung o Lacan, por ejemplo, han tratado de explorar y hacer senderos en aquel territorio de sombras desde fuera: a través del estudio de los sueños relatados, los símbolos y las estructuras lingüísticas,  es decir, de lo expresivo. Pero como siempre (y en cierto modo como es preciso), de un modo insuficiente y tentativo. Quizá los artistas y poetas han logrado, con más suerte, traernos panoramas extraños de aquellas regiones vírgenes del ser, nuestro ser, para llenarnos el espíritu de pasmo ante tales profundidades impensables, las honduras siniestras que nos “cimentan” (aunque lo que las comillas resguarden, lo que contengan, no sea sino un vacío matizado). Entonces, de esta suerte, el viaje increíble de la nave Nostromo en la película de ciencia ficción  Alien (1979) de Ridley Scott no sea sino un trayecto hacia la negra lejanía de nuestros infiernos, al centro de ese “corazón sagrado e inefable” de Empédocles, una travesía al espacio interior, más que al exterior. (Obsérvese que acuden por obra de una señal de auxilio: la voz cavernosa del Ello, ominosa, es insilenciable y demandante, siempre menesterosa de satisfacer un deseo). 

Es posible que el dantesco mundo gigeriano en el que encuentran los restos de una civilización de viajeros del espacio, parasitados por los peligrosos alienígenas, no sea sino un prodigioso espejo en donde podemos entrever lo humano sin matices, sin palabras, ya que en esas elevadas bóvedas biomecánicas de la ajena astronave abandonada se puede ver como una matriz grotesca; o en aquel “jockey” del espacio, cadáver momificado de uno de esos misteriosos viajeros, con el cráneo rasgado por obra de las criaturas de ácido al nacer, es factible pensarlo como si fuera un feto malogrado en el interior materno de huesos y metal. Porque es posible que el enigmático alienígena, asesino furtivo que se llevan a bordo los tripulantes de la Nostromo, ya estuviera allí desde un inicio, puesto que el dios está en permanente espera, arrojando pensamientos, capciosas  llamadas hacia el exterior. Y lo que emerge del estomago de Kane, en la sangrienta escena cumbre de la cinta, lo que poco a poco va creciendo y exterminando a cada uno de los astronautas, no sea sino la encarnación de este desconocido que nos fundamenta, ese silencio divino y silvestre que aquí asume la figura de una esfinge de metal y fluidos alcalinos. El carácter engañoso y traicionero del androide Ash, meras cenizas de un humano que nunca fue, da a entender esta incertidumbre particular del ser-ahí, que desconoce qué es y dónde es. A final de cuentas: ¿quién es el androide? (de nuevo la sombra de Philip K Dick, alumbrando) ¿Quién es el alien?… Somos nosotros, somos nos, esos aterrados personajes presos en el laberinto de sus propios impulsos vitales, desconocidos e incontenibles: el extraterrestre no es sino un mero catalizador, la suma de todos los miedos. En cierta manera es un ángel exterminador, el más inocente y transparente de todos los pasajeros, por lo mismo de su salvaje naturaleza explayada sin menoscabo. 

Es por eso que tiene que ser Ripley, aquella singular oficial de navegación, fémina hermosa pero ambigua a la vez, con un cierto toque masculino, poseedora de dos naturalezas, cual si fuese una reencarnación del adivino Tiresias, una Manto rediviva con las facultades bicambiantes del padre, un ser incierto, un ser límite, en fin, quien tiene la inteligencia y el carácter de reconocerse en ese enigma letal, que deambula oculto y al acecho por el laberinto cretense que es la nave Nostromo, y derrotar a este novedoso y sorprendente trasunto de Minotauro que ya no es lo animal reconocido en lo humano sino lo inerte, lo material, lo cosificado inserto en lo humano. (Como un Teseo triunfante, que un instante después de su gloria se percatara de que jamás saldrá ya del laberinto al descubrir bajo su taurina faz su propio acero traspasándole el corazón) Alien, el octavo pasajero, es nuestro yo, nuestro maldito yo, diría Cioran, visto en un espejo; y su reacción ante tal descubrimiento es el mundo que nos res-guarda ¿el lenguaje? La salvación: la aceptación y empatía con la alteridad que nos es afín: el gatito, y tal vez esa cápsula lanzada a lo incierto no sea sino el arte mismo, la facultad divina ganada y manifestada por los héroes que sólo lo son por haberse atrevido a verse, a reencontrarse en el monstruo, en su monstruo, y a pesar de ello ser aptos a superarse, y a escribir su propio destino sobre la blanca hoja de la existencia, tan nívea como vacía, como una botella lanzada a los mares siderales.

[4] Misma voluntad  de lucha que podría haber acumulado hasta la extenuación Eneas, que  logró derrotar a todo y a todos, excepto a su magno destino: cuando sentía miedo, el valor divino le impulsaba a seguir combatiendo; si sus seres queridos corrían peligro, el deber le obligaba a desentenderse de ellos y proseguir su marcha; si en los brazos de Dido, halló la felicidad humana, la llamada de Italia le conminó a abandonar a la tierna princesa, aún a sabiendas de las nefastas consecuencias, que a la enamorada le acarrearía. En el Inframundo mismo, en su visita, ni sombra, ni lamento, ni espanto alguno(a pesar de su corazón aterrado) pudieron detener la marcha impelida, por la demanda imperiosa de la Roma futura. Y al final, si, la historia del gran Imperio fue grandiosa y vasta; luego llegó Jesús y el mundo prosiguió con sus derroteros. ¿Y Eneas qué? ( Quizá entonces a Dante, se le olvidó mencionar en su Comedia inmensa, que a su paso por el Limbo, allí donde los grandes nombres de la Antigüedad padecen su marasmo infinito, aunque noble, la sombra de Eneas, el hombre, al contemplar a Virgilio, irradió un odio inmenso, y silencioso.)

[5] O sirva también como testimonio de lo anterior la triste desventura de Enone: Paris de Troya se enamoró de esta ninfa muy joven, siendo pastor en las laderas del monte Ida. Se unieron ardorosamente y de este vínculo Enone tuvo un hijo, el pequeño Corito. Al enterarse del proyectado rapto de Paris a Helena, la presagiante ninfa advirtió al príncipe troyano que no llevase a cabo tan temeraria empresa, pero fueron sus ruegos por demás ineficaces para persuadirlo. Finalmente Enone sumisa, le suplicó que acudiese a ella si acaso fuese herido en combate, pues nadie más que ella sería capaz de curarle. Cuando a la postre fue herido de muerte por una flecha de Filoctetes, Paris retornó presuroso y afligido al monte Ida implorando a Enone que le curase, pero la ninfa despechada por el cruel abandono, se negó rotundamente. Así entonces, Paris murió. Algunas versiones del fatídico mito agregan que más tarde, arrepentida de su proceder, fue en pos del agonizante. Al descubrirlo muerto ya, ciertos escritores antiguos detallan que se ahorcó presa del remordimiento, otros que se precipitó en la pira funeraria de Paris. De cualquier manera obsérvese un detalle importante: Enone tenía el don de vaticinar el porvenir, ella supo de su infausto destino desde el primer acercamiento con Paris: aparentó felicidad aún sabiendo de su adversa fortuna futura; se mostró afligida ante la partida cruel aún sabiendo que Paris retornaría vencido y suplicante; demostró dolor ante la defunción irremediable, cuando en el fondo quizás ella lo que procuró desde un inicio fue precisamente poner a salvo a su amante para luego reunirse con él, más allá de la muerte, en las sombras seguras del Hades, para por fin sin caretas, sin secretos, ni interferencias, dedicarse a una contemplación mutua, fría pero sin perturbaciones, anodina más imperecedera. Porque, similar al dios, el corazón femenino es un enigma. Y cada latido tiene un motivo y cada estremecimiento una finalidad cifrada.

[6] v. Después de Nietzsche, p.50
[7] El Nacimiento... p.48
[8] Es posible que Nietzsche tomara precisamente de Heráclito la inspiración para concebir su noción del Eterno Retorno, puesto que  Heráclito fue quien  mejor concretó una aguda intuición que manejaron tan abiertamente en sus planteamientos varios de los previos y también de los posteriores sabios de la Grecia antigua; Anaximandro y Zenón, entre los presocráticos; o Platón y los estoicos, entre los posteriores a Heráclito. El sabio de Éfeso afirmaba que: “El devenir pone en la unidad inmediata de algo una diferencia, pero al hacerlo permite que se retorne sobre sí mismo”. Y es que la idea de que el tiempo tenga una estructura cíclica, en concordancia con la aparición periódica de las estaciones, de los ritmos biológicos naturales y de las constelaciones en el cielo, siempre permaneció como un patrimonio común de todo el mundo griego, ya fuese en el periodo mítico, ya en el filosófico. Posteriormente encontramos la misma inclinación intelectual en otros pensadores, aunque destaca en este sentido Nietzsche, quien desarrollo su teoría del Eterno Retorno como la piedra de toque de todo su edificio antimetafísico. Nietzsche escribió alguna vez: “ El mundo se afirma por sí, incluso en su uniformidad que permanece igual en el curso de los años; se bendice por sí, porque es lo que eternamente debe retornar; porque es el devenir que no conoce saciedad ni disgusto ni fatiga”. Este planteamiento ha gozado de una romántica celebridad desde entonces e incluso puede advertirse este mismo sentimiento sublime en creaciones como las del escritor alemán Goethe, o en las del talentoso pintor Caspar David Friedrich. El científico quien estudió más firmemente la posibilidad de un universo cíclico, basado en pulsaciones u oscilaciones continuas y siderales, fue el físico Richard Tolman, del Instituto Tecnológico de California, quien durante la década de los treinta habló acerca de que nuestro universo bien puede ser un ámbito cerrado y pulsante, pero que no desaparece tras colapsarse en sí, sino que de inmediato inicia un nuevo ciclo de expansión. Este proceso de expansión y contracción se reitera y pasa por infinitos ciclos. Según las ideas de Tolman, antes del ciclo que se vive ahora, hubo un universo muy semejante al actual, que se contrajo en un poderoso “átomo” primigenio, cuyas fuerzas en colapsos gravitacionales incalculables producirían una nueva expansión. 

Tal movimiento es el que experimentamos actualmente en el cosmos. Sin embargo, el famoso astrónomo Stephen Hawking ha cuestionado esta alternativa en su libro “Breve Historia del Tiempo”, argumentando que el tiempo ha de tener caducidad, o más bien, que el tiempo inició su marcha en el mismo instante en que la Gran Explosión (el conocido Bing-Bang), que separaría toda la materia para formar el universo. De tal suerte, que si el universo tuvo un principio, tarde o temprano ha de tener un final también, lo que negaría el modelo de un universo cíclico, pulsante. El eterno resplandor de un universo en sus retornos: y quizá sea mejor así, y como bien vio el mejor personaje de Dostoyevsky- Kirilov de Los demonios- cada evento cobre su real valor en la singularidad de su acontecer, y una sola hoja de otoño cayendo al impulso del viento justifique la existencia del universo entero

[9] Con respecto al aspecto sagrado que se percibe en cada anticipación del porvenir, comentemos como, en sus Bucólicas Virgilio, justo en la VI Égloga, habla de dos jóvenes pastores que en una gruta encuentran a un ebrio sileno dormido. Auxiliados por una náyade lo capturan. Para ser liberado la vieja criatura de los bosques ofrece a los jóvenes recitar unos versos que les había prometido. A la bella deidad le reserva otro tipo de mercedes. Los faunos, las fieras y la entera floresta parecen danzar al compás de la música de su canto. La sensualidad expresa del ambiente, la cueva oscura y cálida, la juventud de los protagonistas y la singularidad de la pareja de seres fantásticos: la belleza de Eglé la náyade y la lascivia juguetona de Sileno…pareciera que todo se conjuga para expresar que un ámbito diferente ha sido develado por este pequeño grupo. Han creado una dimensión escondida ajena a la realidad común, un ámbito cerrado en donde el deseo, los secretos y el arte rigen por entero y sin contención alguna. Y además forman el umbral a un espacio y tiempos aislados y particulares: una puerta a lo sagrado. El canto del sileno cautivo versó acerca de los orígenes del mundo, del inmenso vacío en donde se entrelazaban confundidos los elementos básicos de la naturaleza; luego cómo de esta unión se forjaron las cosas todas: el suelo y los mares, el sol y la lluvia, las nubes, la selva y los animales. Después, a partir de este pasaje fundamental, habló de Pirra, de Saturno y de Prometeo. La historia del cosmos a través de figuras selectas de evocación amorosa y/o extraordinaria se conjugó en la parsimoniosa recitación del viejo sileno: Hilas, Pasifae enamorada, una doncella prendada de las manzanas del jardín de las Hespérides. Pareciera que Sileno está ofreciendo a sus imberbes oyentes una sabiduría mistérica, un conocimiento primordial y valioso. Les ofrece una experiencia iniciática. Los secretos del mundo transformarán por completo la existencia de esos simples pastorcillos. Pero, ¿Serán capaces de soportarlo sus espíritus núbiles?

Acaso la sonrisa aturdida del sileno poetizando tenga un sentido equívoco y perturbador. Las imágenes invocadas se suceden sin reposo hasta la mención significativa del joven Galo que errabundo por las riberas de los ríos del Permeso fue hallado por una de las nueve Musas. Ella le condujo a los montes Aonios en donde el pastor Lino, ceñidas sus sienes con una corona de flores y apio le ofrece un caramillo y le dice:“Recibe esto que te dan las Musas y que dieron antes al anciano de Ascra, con el cual solía atraerse de los montes, cantando, los ásperos fresnos. Con él dirás el origen del bosque Grineo, para que no haya así ninguno de que más se precie Apolo.”A continuación citó a Scila, a los nautas de Ulises despedazados por perros marinos y además la transformación de los miembros de Tereo. Metamorfosis, muerte, amor y la presencia continua de lo divino se difundieron por el espacio sagrado de la cueva, alimentando de esta manera el rito para la iniciación de los pastorcillos. Hasta que finalmente: “Todas aquellas cosas que en otro tiempo oyó cantar a Apolo el feliz río Eurótas, y el dios enseñó a los laureles, cantó Sileno: los valles conmovidos las llevan hasta los astros. Al fin mandó recoger las ovejas en los redilas y contarlas, y con pesar del cielo, se levantó la estrella de Venus.” Ahora bien, culminado todo, cabe preguntarse, ¿En que consistió la sabiduría divina brindada en el canto de Sileno?, ¿Qué quiso expresar a sus jóvenes oyentes con este enigmático poema? Tal vez ellos comprendieron, tras escucharlo, que a partir de esa ceremonia extraordinaria una estafeta les había sido entregada. Ahora ellos serían los insignes portadores del caramillo, serían ya poetas, guardianes del ser, cantores del poder de Apolo, quien con el arco y sus dardos, con la lira y su palabra, hiere de lejos, ilumina las cosas con su potestad solar.

Estos jóvenes están ya facultados para enunciar los orígenes del cosmos, los secretos del amor y de la muerte, porque en esa gruta en penumbras lo bello y lo grotesco se manifestaron en una experiencia que sin duda marcaría sus vidas para consagrarlas al arte y al júbilo extático del existir. Pero aún más. Recordando lo ambigua e irónica que nos parece debió haber sido la expresión del viejo Sileno inspirado, podemos preguntarnos: ¿Qué hubiera sucedido si el final del día no hubiera precipitado el cierre del poema recitado por la arcana criatura? Si los versos principiaron con la creación del mundo, y fueron relatando sucesivamente el desarrollo de los acontecimientos señalados de la irrupción de la otredad en la historia del ser…paulatinamente habrían alcanzado a relatar el suceso presente de un par de pastores asombrados al encontrar a un sileno adormecido por el vino en una gruta escondida, para luego capturarlo y… El mundo entero queda entonces cautivo por el canto del Sileno en una repetición infinita, en un circulo de versos divinales girando vertiginosamente en un eterno retorno de la realidad hecha poesía, de la muerte del silencio a la palabra instauradora, de la nada al todo y de este a la nada de nuevo en una dialéctica vital que hace la tarea de los nuevos iniciados obligatoria e insustituible: ahora más que pastores de ovejas son pastores del ser, transmisores del poder de los dioses, intérpretes de sus facultades fundamentadoras, portavoces de su misterio y su trascendencia perenne a través del arte.

Ellos a la vez tendrán que heredar la misión a nuevas voces de una manera ininterrumpida, lenta y azarosa, hasta que llegue el momento en que un poeta mantuano escuche el canto del sileno y escriba una égloga en donde relate acerca de un par de pastores curiosos y su descubrimiento formidable en una cueva, y a la postre un alumno espiritual del mismo Virgilio construya un poema que forje tres mundos para cimentar éste extraño mundo que habitamos y que a veces, en ciertos momentos de fatiga y ensueño, parece dejar ver su entramado secreto: los susurros de una presencia en las sombras escuchando sus propios ecos. Sueño: los pastores al descubrir la respuesta al acertijo y sentir el peso abrumador de la responsabilidad asumida retornan a la gruta para recriminar al Sileno…pero la encuentran vacía, porque los silenos y los poemas sólo existen en el lenguaje (de los hombres) Y la penumbra de la cueva silenciosa y abandonada les hizo pensar en un templo solitario colmado de espejos, reverberando sus mudos reflejos como las miradas de innumerables ojos, perpetuamente abiertos.

[10] Ibíd, p.53

[11] “Quienes pasan toda la vida juntos… no sabrían ni siquiera qué quieren obtener uno del otro. Nadie podrá creer que se trate del contacto de los placeres amorosos… el alma de ambos desea alguna otra cosa que no es capaz de expresar; de lo que desea… tiene una adivinación, y habla mediante enigmas.” Platón, Banquete, apud. El Nacimiento... p.54 

[12] En el primer episodio de la serie de anime Neon Genesis Evangelion (1994) del genial Hideakki Anno, se nos sitúa en el año de 2015:  la humanidad ha sufrido una devastación catastrófica a causa de dos misteriosos acontecimientos: el primer y el segundo impacto, lo que ha provocado el hundimiento de gran parte de las ciudades del mundo. El joven Shinji Ikari arriba a una de estas ciudades semi-sumergidas: la casi vacía Tokio-3. La presencia de Shinji ha sido solicitada por su padre Gendo Ikari, máximo comandante de NERV, una organización científico-militar que tiene como misión salvar al mundo del acoso infatigable de unos seres inexplicables conocidos como ángeles. Es significativo considerar, que la primera criatura que vemos en la serie, sea un temible humanoide que irrumpa desde las aguas. Y es que la primera tentativa de la historia de la filosofía occidental por explicar el mundo fue la de Tales de Mileto, dentro del ámbito de la Grecia antigua, quien propuso al gua como elemento fundamental de la conformación del universo. Es irónico pensar, que si el inicio del mundo pensado como tal, surgiera de una intuición relacionada con la importancia purificadora y vivificante del agua, sea a la vez una metáfora ominosa de sus profundidades insondables, ese ángel irracional y avasallante, de este episodio primero de Eva, el que principié el fin absoluto del mundo concebido racionalmente, que inició el viejo Tales, tal vez soñando (y temblando, antes de intentar racionalizarla) con una presencia similar al contemplar las costas mediterráneas. Las criaturas que están destruyendo la tierra son unos seres surrealistas e indescriptibles conocidos como ángeles. 

De acuerdo a la tradición occidental del arte, es difícil identificar a seres como los creados por Hideakki Anno con el término “ángel”, que es más gratificante visualizar con figuras bocetadas por el fino pincel renacentista de Fra Angélico; sería más fácil reconocer la esencia visual de estos seres en ciertas pesadillas creadas por El Bosco para su Infierno del tríptico “El Jardín de las Delicias”; sin embargo, si recordamos a la tradición bíblica vetero y novo testamentaria , así como a posteriores versiones de lo demoniaco, como los habitantes del averno dantesco; los ejércitos oscuros de John Milton en “El Paraíso Perdido”, o incluso en la cinta El Exorcista (1973) de William Friedkin, notaremos como los seres demoniacos se caracterizan por comunicarse y debatir en grado sumo: son verbo puro, manifestación humana, como el logos, como la razón que fundamenta el mundo. En cambio, los ángeles, son seres de silencio y de enigma, que requieren de ser interpretados a través de la introspección, el dolor del existir o la cercanía de la muerte. Por lo tanto, tienen razón los que han nombrado como “ángeles” en Neon Genesis Evangelion, a estas criaturas herméticas y numinosas (plenas de la sensación mística de lo sagrado, concebida por Rudolf Otto); y como consecuencia, los seres que se definen por su naturaleza lingüística, a sus máximos adversarios y opuestos por antonomasia, es decir, en este (¿el único posible?) sentido, todos los “demoniacos” hombres. La confrontación de Shinji con su padre, bien podría fundamentar toda la trama de Evangelion en una forma disimulada pero concreta: es como si la disputa de Gendo y su hijo por la esencia de su madre desaparecida, fuese una proyección de Freud hacia el sentido original del mito Griego de Edipo. 

Este desdichado héroe, sería Shinji, obligado a responder, a enfrentar el desafío de la esfinge, un ser tan fantástico como los ángeles que combate el tercer niño elegido; pero si bien el destino de la ciudad de Tebas, del mundo postapocalíptico de 2015, se juega en el enfrentamiento de el héroe contra el monstruo, su propio destino personal, su existencia se halla en juego al verse en rivalidad mortal con su padre Layo, que a la postre le conducirá a compartir el lecho de Yocasta su propia madre. Así Gendo y Shinji parecen simbolizar todo el dilema edípico en esa escena en la que discuten delante de la presencia gigantesca demandante del Eva 01, la encarnación de la dulce Yui Ikari, madre de Shinji y esposa de Gendo. Al final de la serie, en las cintas veremos cómo Edipo-Shinji triunfa al unirse con su madre Yui-Rei, interior-espiritualmente; y consigue lo que su padre Gendo ansiaba materialmente, destruyendo a Tebas-Tokio 3-la realidad, en su afán por recuperar materialmente a Rei-Yui. Todo Neon Genesis Evangelion está en Sófocles, Lo primero que llama la atención de la respuesta de Edipo ante el dilema de la Esfinge es que al ser derrotada en su acertijo, la bestia se arrojara furiosa a los peñascos para perecer allí. El enigma de la esfinge se refería a la condición mudable de un ser inverosímil. Al final Edipo descubrió que ese ser plural y deviniente era ni más ni menos que el hombre mismo. 

Pues bien, si recordamos, una de las claves de todo Evangelion es la figura hermenéutica de Rei Ayanami. Ella es una niña clonada, pero también una mujer mitad ángel y mitad humano, la más cercana en esencia al divino Kaworu, aún siendo artificial, un ser de nadas. También es la gran diosa madre que da renacimiento al mundo, aquella deidad matriarcal de las eras pre-agrícolas de la prehistoria. Es el amor ideal y además, una imagen materna para Shinji, simbolización de la humana existencia. Pero también Rei es el ángel de la muerte, se heraldo principal, y justo al inicio y al final de todo Evangelion ella se aparece flotando fantasmal como el alfa y el omega de la realidad: la muerte, como Shinji crucificado al final en su Eva que “sueña que su sueño se repite, irresponsable, eterno, muerte sin fin de una obstinada muerte” concebiría el poeta José Gorostiza; y así entonces, Rei es la respuesta de Edipo, la Esfinge lo ejemplificó gráficamente: su muerte complementó la respuesta de Edipo-Shinji: el dijo “hombre”, ella asintió muerte. Dualidad funesta de destinos entrecruzados, en un abrazo de agonías, sin tiempo y sin esperanzas.

[13] Edipo, aquel heredero perdido de Tebas criado en la ciudad de Corinto, que habiendo sido advertido por un oráculo del mal que podría causar a sus padres con su presencia, se alejó de sus supuestos progenitores sin saber que eran adoptivos, sólo para encontrarse en ocasión infausta en una encrucijada del camino con su auténtico padre, Layo, a quién abatió sin piedad. Luego arriba a la ciudad Tebana, la cual es asediada sin tregua por la pavorosa Esfinge. Edipo se enfrenta entonces a la infernal criatura y resuelve su capcioso acertijo, orillando a la bestia a arrojarse por la cólera de su derrota a los peñascos mortales. Luego en recompensa le otorgan la mano de la reina Yocasta. Posteriormente, ante sequías y calamidades varias que acometen a la urbe, Edipo se ve obligado a descubrir por cuenta propia la causa de la maldición: poco a poco y de una manera detectivesca Edipo va averiguando quien es el culpable de todos los males de la comunidad. Aguijoneado por el ciego adivino, el viejo Tiresias, finalmente resuelve el misterio. Él es el culpable de todo: ha asesinado a su padre verdadero y se ha unido antinaturalmente con su propia madre. La venganza última de la Esfinge se ha concretado, el destino perverso jugó a su favor. Edipo apesadumbrado se arranca los ojos y parte al exilio. Este es el mito más significativo para la civilización humana, y hay estudiosos que afirman que luego de Sófocles, de su particular versión de Edipo, estructurada con ática perfección, pocas oportunidades son posibles ya, de expresar de un modo diferente el sentido profundo que este relato cobra para nuestra psique, y más a partir de Freud.  

Y sin embargo un artista como David Fincher, en Se7en (1995), ha sido capaz de elaborar una versión muy particular de este mito tan relevante; ha mostrado el talento preciso y la intuición necesaria para trasponer y derivar cada elemento del mítico relato a un ambiente contemporáneo tan húmedo, sombrío y ácido, que lacera verdaderamente en el reconocimiento angustioso de nuestra propia actualidad. Verdaderamente como Philip K Dick intuiría, el discurso del dios nos aparenta sin más, nos hace emerger dolorosamente; existe una veta de irracionalidad en el corazón del mundo. Cómo no ver en el joven y tenaz Detective David Mills (Brad Pitt) a un trasunto del héroe trágico Edipo, que como bien ha explicado el profesor Carlos García Gual, asimila en su indagación cuasi-policial todos los papeles básicos del género: es el detective, el juez, el verdugo y en cierta manera mucho muy irónica y amarga, el propio criminal. De la misma manera Mills asume involuntariamente todos estos roles, siguiendo el siniestro plan de John Doe (Kevin Spacey) en su inédito y salvaje afán por purificar el mundo, asentando un apocalíptico precedente. John Doe es aquí la esfinge astuta que da cause al enigmático discurso que proviene de las secretas raíces del mundo, de un mundo humano arrojado al desamparo de un misterio inexpresable. Los asesinatos del criminal-esfinge John Doe configuran un brutal acertijo, un lúdico y mortal ejercicio de trascendencia inaudita, puesto que en su resolución se juega el propio destino del ser, en cuanto que ser-vivido-desde lo humano y se juega también además, el sentido de los profundos silencios que lo fundamentan. El viejo detective William Somerset (Morgan Freeman) compañero de Mills es casi como un nuevo adivino Tiresias, un auténtico sabio aciago y lleno de fatiga, que paradójicamente en la visión contemporánea de Edipo, Se7en de David Fincher se transforma paradójicamente al final, en el único portador de la esperanza postrera y desesperada del hombre y su posibilidad: simbolizada en la dulzura sacrificada de la hermosa Tracy Mills (Gwyneth Paltrow) y su hijo perdido- apenas concebible en medio del caos de la Dite dantesca que lo envuelve por entero. De nuevo irónicamente, es gracias al hecho de haber seguido minuciosamente cada etapa, cada terrorífica etapa, de la iniciática ruta recorrida por Mills gracias a Doe que el derrotado Somerset decide reintegrarse a la lucha del/por vivir. Tras el devastador desenlace de la trama, hay que reconocer en Mills, como en Edipo de Sófocles, una cierta nobleza de talante, muy helénica, puesto que por su afán de alcanzar la verdad absoluta del Todo, a costa de todo, se encamina sin titubeos al precipicio de la máxima catástrofe. Se7en es similar a un duro y escabroso ascenso, es cómo trepar por una montaña concebida por Kaspar David Friedrich, y habitada por criaturas de los caprichos de Goya. Pero al alcanzar la cumbre, al sobrevivir a ella, obtenemos como premio sentir en el rostro un Air (Bach) de esperanza, que hace de todo espectador suyo, un buscador de cierta verdad y de cierta sabiduría- que resuelve enigmas, que se enfrenta al dios- y que aún siendo trágica, por lo menos perdura hasta el próximo ascenso, así como el valioso recuerdo de sentirse humano.

[14] Ibíd, p.55

[15] Ibíd, pp.55-56

[16] “Lo dis-puesto esencia como el peligro. Pero ¿se anuncia ya con ello el peligro en cuanto peligro? No. Cierto que peligros y penurias amenazan desmesuradamente y a toda hora y por doquiera al hombre. Pero el peligro, esto es, el peligroso Ser mismo en la verdad de su esencia, está embozado y descompuesto. Esta descomposición es lo peligrosísimo del peligro.” (Martin Heidegger).

En efecto: peligrosas y letales consecuencias como lo ilustra la cinta apocalíptica Cloverfield (2008) de Matt Reeves, Porque, a propósito de Heidegger, el olvido del Ser, el desentenderse de su enigma, por dar primacía al ser del ente, nos ha conducido a un estado de vana estabilidad de certidumbres. Pero, como la aterradora criatura de Colverfield que  de vez en vez emerge del mar para devastar el mundo,  el Ser sigue allí, enigmático y hermético, aguardando como esfinge tebana la oportunidad de surgir como cualquier otra cosa, y sin ser ninguna de ellas, porque su ser no es el de la técnica, el de los objetos manipulables y aptos al cálculo. Pensar el enigma bien nos puede hacer recordar que vivimos en un mundo se sombras, y que cuando  por fin se rasgue, no necesariamente será trascendencia de luces lo que se asome, sino tal vez manifestaciones límite entre la bestialidad y lo posthumano, lo absolutamente Otro, lo indecible, lo que nos obligue a expresarlo apresuradamente Todo, en un agónico alarido que resuma la totalidad de las palabras, o mejor, un silencio eterno, y entonces ya no seremos sólo el Ser o ( una inmensa sombra que vuelve a las aguas) o Nada.

“Que no está muerto lo que yace eternamente,
y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir”. (Lovecraft)

[17] Ibíd, p.57
[18] - ¿Querías hablarme? ¿Querías preguntarme “POR QUÉ”?
-No hay banda! There is no band! Todo es una ilusión…
-Es un mundo extraño.


Frases de diversas películas de David Lynch

Y es que  como bien adverte Colli, el corazón del mundo es un enigma. Un ámbito hermético al que sólo cabe ser aludido. Pero además, ama estar así, oculto, a resguardo. Porque sólo cabe acercarse a él a través de cierta ludicidad. Como una esfinge, invita a ser interpelada a modo de desafío. Lo disfruta. Porque a pesar de que sabe, que ninguna palabra es capaz de desentrañar lo misterioso de su silencio, ni el silencio de su misterio, adora poner a prueba a los audaces, que llegan al borde del precipicio del alma, y se asoman a esas simas infinitas. Puesto que además la mayor parte de las veces, lo único que pueden entrever allí es el propio reflejo de su ser, pero ahora de otro modo. Lo mismo pero diferente, la paradoja máxima, identidad y diferencia dinamitadas en sus cimientos verbales. Ya que el quid de la cuestión, podría estar cercano al modo en que expresamos lo inexpresable, siempre de un modo oblicuo, siempre insuficiente. Porque todo lenguaje, es autorreferencial, es el reflejo de un cristal en donde nadie se mira. Pero algunos de estos audaces, hermanos intelectuales de Heráclito, de Colli, no se detienen ante esta capciosidad: aman acercarse lo máximo posible, al peligroso borde del precipicio; aman mirarse en ese espejo colmado de vacíos, y tienen la generosidad de participar a los demás de sus exploraciones arriesgadas y en cierta manera suicidas. Uno de tales poco juiciosos caminantes de sombras, es el cineasta norteamericano David Lynch . Creador de una obra singular y poco convencional, este genial artista gusta de internarse en las cercanías del núcleo de este strange, strange world que es el nuestro, pero que Lynch en sus cintas, nos hace sentir como ajenos a él. Aunque tras una cuidadosa meditación de sus propuestas, nos damos cuenta-y-razón (Logos) de que somos nosotros los que nos hemos hecho distintos y tan razonables, somos nosotros los paradójicos, somos auténticos freaks hechos de justificaciones, en un mundo cuya naturaleza auténtica, ilógica y divina, aguarda la menor fisura en su cubierta verbal para hacerse sentir, con el sonido cavernoso de una cueva-oreja hallada en un baldío. Lynch, de la estirpe de Buñuel, y Jodorowsky; del Bergman y de Tarkovski, adora pues, poner en jaque a todo sentido común, que ni se siente,  ni comunica. Y ataca astutamente Lynch: adosado a los muros de la ciudadela del delirio, la Dite de nuestros ínferos más profundos. 

Como en su cortometraje The alphabet (1968): el intento desgarrador por intentar entrever, cómo el lenguaje cubre y encierra el delirio del mundo, su desnudez inasible; es imaginar cómo nos vemos, desde fuera, siendo constreñidos por el torturante abrazo de la red verbal, que por su misma estructura básica, es impuesto y nunca suficiente para acallar  los alaridos del silencio. Y es a través de los umbrales de lo femenino, los sueños y la infancia, figuras paradigmáticas de la alteridad del ser, como este genio consigue crear fisuras en nuestra sujeción impuesta a la realidad habitual, la adormecida, la que no quiere escuchar.  David Lynch nos obliga a oír, y nos da aquí la voz profunda de una soñadora: voz de niño (Dionisos) porque en lo profundo ni siquiera hemos abandonado al ámbito materno, somos infantes enclaustrados en humedad y calidez asomados por una grieta, aterrándonos de lo que hay afuera. Porque en lo profundo, aún estamos dentro. Pero Lynch nos orilla a girar la vista, y a mirar que esa profundidad que pensamos segura, no lo es, por inexplorada e inmensa, por ser un mundo de oscuridades (¿cubierto de rojas cortinas?) sin domesticar, sin haber sido filtrado por alfabeto alguno. Dentro, también es afuera. Se dice y se expresa, y entonces tal profundidad ya no es factible de ser contemplada en su totalidad, solo aludida, sólo señalada. El enigma está fuera y dentro. Nosotros somos tal. Colli nos lo recuerda: la imagen de una deidad mirándose en un espejo, y descubriendo fascinada su diversidad. En eso triunfa Lynch. En hacernos conscientes de lo mucho que nos conforma la inconsciencia, en nuestro (no) mundo superficial, sin haber tenido en cuenta y razón tal injerencia permanente. “Ahora que les he contado mi ABC, díganme que piensan de mi”, dice la soñadora, y ¿qué podemos responderle, si sabemos que el alfabeto que la tortura y la veja, que la configura y la expresa, en su no esenciado, también es el nuestro? ¿Y entonces, quién va a pensar realmente algo de/ sobre/ nosotros? ¿Quién está afuera? ¿Ha habido alguien o algo allí alguna vez? Sólo queda por fin escuchar, y nada.

[19] Ibíd, pp.57-58

[20] “El sentido del mundo tiene que residir fuera de él.
En el mundo todo es como es y todo sucede como sucede.
La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo.
Cómo sea el mundo es de todo punto indiferente para lo más alto. Dios no se manifiesta en el mundo.
El sentimiento del mundo como todo limitado es lo místico.
Respecto a una respuesta que no puede expresarse, tampoco cabe expresar la pregunta.
Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico.
De lo que no se puede hablar hay que callar.”

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus,                                        


[21] El Nacimiento... p.58

[22] Palabras de enigma, fuga de sentido : “[…] y entonces toda palabra es de fuga, acelera la fuga, ordena todas las cosas en la confusión de la fuga, palabra que en realidad no habla, sino que huye de aquel que habla y lo obliga a huir más rápidamente de lo que huye.” Maurice Blanchot,  El diálogo inconcluso, pp.53-54

[23] El Nacimiento... p. 61; v. Después de Nietzsche, pp.33-34