lunes, 29 de diciembre de 2014

Giorgio Colli y el nacimiento de la filosofía griega

Vale la pena analizar con atención el planteamiento que Giorgio Colli, escritor italiano, hace en su libro El Nacimiento de la Filosofía, con respecto a la diferencia entre sabiduría y filosofía, así como su revisión de ciertas nociones nietzscheanas acerca de la Grecia arcaica.


Colli considera que Platón denominó «filosofía» a su particular reflexión, vinculada directamente a la expresión escrita, y observa los tiempos anteriores como un ámbito en donde realmente habían surgido los “sabios”. Así, la filo-sofía (amor a la sabiduría) sería menos valiosa que la sofía (sabiduría). Desde la perspectiva de Platón la filosofía no consistía en un anhelo de algo inalcanzable, sino una tentativa por recobrar lo que alguna vez ya se había poseído y experimentado. Lo que originó a la filosofía, fue la influencia de una novedosa tendencia expresiva, una emergente manera literaria, que a la postre determinaría las perspectivas acerca de toda la tradición de pensamiento que le antecedió. La forma principalmente oral de la sabiduría resulta imprecisa y difícil de recuperar, debido a lo remoto de su acontecimiento y por lo escaso que perdura de ella en los trabajos de Platón.  

La duración de la época de los sabios no está muy claramente especificada, de acuerdo al juicio de Colli. Sin embargo es posible  situarla, aproximadamente, dentro del tiempo de los presocráticos, es decir, entre los siglos V y VI a.C., y sin embargo su procedencia más lejana aun así es inasible. Colli propone entonces utilizar como fuentes de estimación las más antiguas manifestaciones de la poesía y de la religión griegas. El estudioso italiano refiere su propia interpretación acerca de las  fuentes de la sabiduría, al tratamiento desarrollado por Friedrich Nietzsche sobre el origen de la tragedia, es decir, cuando un fenómeno importante ofrece testimonios históricos sólo en su parte culminante, no queda más que, como Nietzsche, desarrollar una interpolación global a partir de ciertos conceptos y de imágenes recuperadas de sus discursos religiosos.  

Nietzsche, en  El Origen de la Tragedia desarrolló un análisis meticuloso con las imágenes de Dionisos y de Apolo, orientado a la estética y a la metafísica, sobre la aparición y la descomposición del fenómeno de la tragedia griega. Colli considera que con esta particular labor, Nietzsche logró presentar una lectura total del talante griego y  una novedosa perspectiva de la realidad humana.  Colli proyecta su cometido en obtener una similar ganancia teórica, si en lugar de estudiar el nacimiento de la tragedia,  se estudia bajo un procedimiento parecido el surgimiento de la sabiduría.

Colli identifica, de la misma manera que Nietzsche, a los dioses Apolo y Dionisos como los más relevantes para iniciar su estudio sobre la Grecia antigua, enfocado, por su parte, a rastrear los orígenes de la sabiduría. Pero aquí el pensador italiano altera la valoración dada por Nietzsche a ambos, y  privilegia a Apolo con respecto a su relevancia para la sabiduría antigua. Los griegos antiguos no consideraban sabio a alguien experto y habilidoso, como por ejemplo Odiseo, sino quien poseía conocimiento del futuro. Así, sabio era quien sabía valorar y venerar la mirada profunda de Apolo, símbolo de la autentica sabiduría.

En Delfos se manifiesta la inclinación de los griegos al conocimiento: sabio no es quien cuenta con una rica experiencia, quien descuella por la habilidad técnica, por la destreza, por la astucia, como lo era en cambio, en la era homérica. Odiseo no es un sabio. Odiseo es quien arroja luz sobre la oscuridad, quien desata los nudos, quien manifiesta lo ignoto, quien precisa lo incierto. Para aquella civilización arcaica el conocimiento del futuro del hombre pertenecía a la sabiduría. Apolo simboliza ese ojo penetrante, su culto es una celebración de la sabiduría. (COLLI: 2000, 15-16)    

La adivinación constituía un conocimiento del porvenir manifestado por el oráculo, que hacía posible  la manifestación del dios. Allí se hacía patente a los humanos la sabiduría divina, de acuerdo con Colli. De allí lo alusivo e intrincado de las palabras vertidas por el oráculo:  en él se hace patente el conocimiento que el dios tiene del futuro, pero parecería que no deseara que los humanos lo comprendieran.  Esto lo subraya Colli al citar un conocido fragmento de Heráclito, que enuncia: «El señor a quien pertenece el oráculo que está en Delfos no afirma ni oculta, sino que indica. » (COLLI: 2000,  17)

Ahora bien, para confirmar esta preeminencia de Apolo con respecto la sabiduría, pensando en una comparación con Dionisos, Colli reflexiona acerca de que este último más bien alude al conocimiento mistérico de la revelación de Eleusis: en la “epopteia” del culmen de los misterios, cuando se presentaba en el iniciado una sensación de mística purificación interna, se liberaba  progresivamente de su individualidad  para fundirse con lo sagrado, integrando en un solo instante el sujeto y el objeto de la experiencia. No obstante, esto no es conocimiento, sino más bien su condición de posibilidad. Por el contrario, para Colli la sabiduría es palabra, voz de enigma oracular, que la sacerdotisa manifiesta en Delfos: « […] el conocimiento y la sabiduría se manifiestan mediante la palabra, en Delfos es donde se pronuncia la palabra divina, Apolo es quien habla a través de la sacerdotisa, no precisamente Dionisos. » (COLLI: 2000,  18)

Al desarrollar su particular noción de lo apolíneo,  Nietzsche siempre tuvo en mente al patrono de las artes, de la luz, y es innegable que tales características son propias de Apolo; sin embargo, son sólo perspectivas parciales de él. Nietzsche dejó de lado otros rasgos que complementan su vinculación cabal con la sabiduría antigua. Colli rescata de Apolo entonces primero que nada un elemento de ferocidad en su particular talante, aspecto que se relaciona directamente con un segundo rasgo de Apolo, que se refiere a un dolo pronunciado, una crueldad lúdica y burlona.  El discurso de Apolo es depositario de un especial conocimiento que se exponía por medio de los adivinos a través de discusiones, de opiniones, de razonamientos; todo ello expondrá a la postre su real importancia con referencia al surgimiento de la sabiduría antigua. Colli destaca que la propia etimología de la palabra Apolo (apollymi, ‘destruir’), su epíteto «aquel que hiere de lejos» y su arma de procedencia asiática, aluden a su naturaleza de violencia mediata, dilatada, calculada. (COLLI: 2000,  19;  1978, 30)

Una insuficiencia más que Colli encuentra en la exposición de Nietzsche acerca de la relación entre Dionisos y Apolo, es la tendencia a mostrarlos como polos opuestos. En cuanto a esto Colli intenta matizar tal perspectiva señalando un pasaje[1] del diálogo Fedro de Platón, en donde se diferencia a la locura con respecto al control de sí y en donde además se le otorga preeminencia a la locura con referencia al autocontrol, aduciendo su divinidad inherente, su superioridad manifiesta: «Los bienes más grandes llegan a nosotros a través de la locura, concedida por un don divino […] en efecto, la profetisa de Delfos y las sacerdotisas de Dodona, en cuanto poseídas por la locura, han proporcionado a Grecia muchas y buenas cosas, tanto a los individuos como a la comunidad» (Platón, Fedro, 289).  

Además, en este pasaje se relaciona directamente tal “manía” con el oráculo de Delfos, la sede de Apolo por antonomasia: se identifican cuatro tipos de locura; la profética, la mistérica, la poética y la erótica; siendo que la locura profética y la mistérica son las principales, por estar  inspiradas directamente en Apolo o  Dionisos. Colli subraya que en el  Fedro la manía profética es la privilegiada, hasta el grado de que para el propio Platón, la  confirmación del rasgo divino de la manía lo constituye el verla relacionada al culto délfico.

No basta con complementar el juicio de Nietzsche en cuanto al tema antedicho, sino que además es menester desarrollarlo de un modo diferente. Así, para Colli, Apolo no es el dios de la moderación, de la belleza armónica, sino más bien el de la excitación, de la locura, del exceso. Nietzsche le adscribe indebidamente la locura de manera exclusiva a Dionisos, y más aún, la circunscribe sólo a la embriaguez. Colli, sin embargo, contrapone a esta consideración el testimonio citado del Fedro, en donde para el filósofo italiano se evidencia que Apolo y Dionisos comparten un nexo capital, justamente en la noción de la “manía”; y así, los dos complementan la experiencia de la locura: «(…) un testimonio de la talla de Platón nos sugiere […] que Apolo y Dionisos tienen una afinidad fundamental,  precisamente en el terreno de la “manía”; juntos abarcan completamente la esfera de la locura.» (COLLI: 2000, 21; 1978, 37)

 Colli considera que el nacimiento de la sabiduría en la Grecia antigua nos lleva hasta la esfera del oráculo de Delfos; hacia una completa comprensión de la figura de Apolo, en la que la «manía» se muestra aún más profunda, como el fundamento del discurso de la adivinación, como si la locura fuera el crisol de la sabiduría: «Que la exaltación, el furor, la ebriedad, la superación del individuo, de sus juicios y de sus mentiras constituyan la manifestación culminante de Apolo, ya lo había declarado anteriormente Heráclito: “la Sibila con boca enloquecida, dice, a través del dios, cosas sin risa, ni ornamento, ni ungüento”. »  (COLLI:  1978, 27).